A besos entiendo, a veces no.

Acción Poética

 

Puede que esperemos demasiado de las nuevas tecnologias. O puede que esperemos demasiado poco del amor. Lo primero tiene arreglo, lo segundo no.

Ya nada es lo que era. La memoria se nos va quedando pequeña y no por falta de recuerdos, no. La memoria ahora ya no se mide en experiencias vividas, se mide en megas, los que ocupan los wasapas enviados, recibidos, intercambiados, caputarados, escritos y borrados. Respiramos a ritmo de mensajes, latimos con cada doble chek en azul, maldecimos y juzgamos en base a una puñetera hora de conexión. Los corazones alteran su ritmo cuando los ojos envían señales al cerebro de que un nuevo mensaje de ciudadan@ x espera en la parte superior del móvil a ser leído, devorado. El amor se reescribe a golpe de emoticonos, los dedos no solo acarician piel, ahora se deslizan por superficies de vidrio,  las relaciones ya no juegan en casa, ahora lo hacen en terreno hostil, inexplorado. Amar en tiempos de Whataspp.

No, ya nada es lo que era, no sé si por suerte o desgracia. Este trío de conveniencia entre nuestros móviles, nuestros amoríos y nosotros mismos ha venido para quedarse. Un triángulo de las Bermudas capaz de hacer desaparecer cualquier cosa, por inmensa y prometedora que pudiera parecer. Y sin dejar rastro porque fíjate, le das a borrar y ya. Me pregunto si con ese gesto algunas personas consiguen borrar al otro no solo de sus móviles sino de sus vidas con la misma facilidad. Y aún no sabemos cómo nos va a dejar esta nueva operativa destructora de sueños y deseos, si como un edificio en ruinas o como un angar convertido en museo de cera.

Este tiempo que estamos viviendo, no se puede comparar a ningún otro. Nunca antes las personas habían podido disponer de un dispositivo externo que les conectase al mundo y a quienes lo habitan, en tiempo real y en cualquier momento y situación como si de un apéndice del propio cuerpo se tratara. Nos hemos convertido en replicantes. Y no ha hecho falta más que facilitar a cada ciudadano un smartphone con billete hasta el infinito y más allá.

Amar nunca ha sido fácil aunque no podamos dejar de hacerlo. Puedes hacerlo bonito, puedes hacerlo divertido, puedes hacerlo más o menos complicado. Puedes hacerlo triste. Hoy, además puedes hacerlo deshumanizado. Sí. Puedes destrozarlo cuando decides encerrarlo entre cinco pulgadas. Puedes destrozarlo, incluso antes de haberlo visto nacer, abortar un amor, decir adios, bye bye, escribir sayonara baby en una pantalla de móvil y darle a enviar es una de las cosas más desprovistas de sensibilidad que se pueden llegar a hacer.

Déjame que te cuente una historia que escuché recientemente. Chico conoce a chica, él la invita a salir. Insiste. Funciona. Comienza el idilio, una preciosa historia de verano de esas que contra todo pronóstico parecen prepararse para el otoño. De la noche a la mañana él decide dar un paso atrás para volver con su ex. ¿Cómo decide informar del nuevo orden de cosas? Imagínate. No, aún lo puedes superar. Si, el angelito, decide enviar capturas de pantalla de conversaciones mantenidas con su antigua pareja para que esta chica, tuviese la certeza de que en realidad, no era por ella. No, querida, si tú eres fantástica, si no sos vos soy yo, que mira que capullo integral que no solo te dejo por banda ancha sino que te ilustro con los motivos por los que he decidido hacerlo.

Y puede que su intención fuera buena. Tal vez lo fuera. Pero es una decisión que deja a la otra persona desvalida y sosteniendo un daño innecesario. Excesiva información en la más absoluta desinformación. Contradicciones de estos amores tan de hoy.

De verdad ¿Qué está pasando con el sentido de la responsabilidad? ¿Qué está pasando con el decoro, la integridad, la honorabilidad, las buenas formas, el respeto, el res-pe-to por los sentimientos del otro? En qué momento hemos decidido que todo vale cuando me aseguro de que al menos ha quedado por escrito.

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En qué momento uno se puede hacer tan pequeño creyéndose tan grande por haber sido capaz de redactar el mejor mensaje de texto escrito para explicar que voy a romperte el corazón pero fíjate la de motivos que tengo y lo bien que los argumento. En qué momento hemos perdido el poco valor que nos quedaba para decidir no hacer frente a una mirada que se desintegra. Para sostener una voz que a penas sale. Para tragar la saliva que se ha convertido en arena. Para construir sobre la marcha las palabras que la otra persona va necesitando a medida que va recibiendo el mensaje. Para cuidar.

En qué momento nos hemos vuelto tan egoístas que ya solo vale lo que yo necesito, lo que yo decido, lo que a mi me resulta fácil sin pensar en lo que pueda necesitar el otro. En qué momento decidimos desnudar solo la piel. En qué momento decidimos que amar es solo derramar y no desbordarse.

Yo he tenido conversaciones de todo tipo y pelaje por whatsapp. Conversaciones divertidas, conversaciones trascendentales, banales, de alto voltaje, anodinas, inspiradoras, confusas, dañinas, facilitadoras, sarcásticas, intencionadas, inconscientes, amorosas, tiernas, hirientes, hermosas, terribles. Es seguro que las seguiré teniendo. Hay momentos mágicos, únicos que se pueden vivir a través de una pantalla . También se puede crear y no solo destruir a través de una chat de Whatsapp. Un universo de posibilidades a nuestro alcance. Y yo estoy en este mundo, como tú y como tú. No soy especial, soy de hecho bastante convencional. No he sabido o querido bajarme del carro. No quiero hacerlo siempre y cuando tenga la sensación de que aún estoy al mando. Incluso admito que podría no llegar a estarlo y no ser consciente.

Lo que aún no he hecho y espero no llegar nunca a hacer y si estás leyendo esto y crees que estoy faltando a la verdad, por favor, ponme contra las cuerdas y bájame al mundo, es dejar pendiente una conversación cara a cara para decir ya no más a alguien a quien quise o creí querer o traté de hacerlo cuando ha dependido de mi. Lo que no he hecho nunca ni creo que vaya a ser capaz de hacer es zanjar una historia en la que ha habido sexo, amor, amor con sexo o sexo sin amor (casi me estoy obligando a escribir esto último, me cuesta sentirlo) parapetada tras una pantalla de teléfono.

Qué menos que respirar el mismo cachito de aire aunque sea por última vez. Qué menos que pasar por el trance de sostener una mirada que te suplica o te mira con desdén, te interperla, te confronta. Gajes del oficio, efectos colaterales de ese cuerpo a cuerpo entre dos que siempre afecta en binario. Qué menos que sentarte bien erguida o mantenerte de pie frente a un cuerpo que en algún momento abrazaste, amaste y deseaste aunque ahora ya no. Aunque ahora ya no… Qué menos que dar la oportunidad de que el otro se desahogue, te haga sentir terriblemente mal o terriblemente estùpida, o terriblemente cruel, lo merezcas o no, te agradezca la honestidad o te afee el gesto.

Tal vez hemos puesto demasiadas esperanzas en las nuevas tecnologías. O tal vez estemos poniendo demasiadas pocas esperanzas en el amor. Si es así, creo que estamos perdidos. Enfermos, es seguro que sí.

Gracias por seguir aqui.

 

 

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