Los que amamos esta profesión, somos un poco lobos solitarios. Pasamos muchas horas con nuestras reflexiones y con las de nuestros clientes. Hoy he querido sentir que en esta casa no estoy sola y otra coach se ha sentado en mi sofá. Gracias Elena. Y sí, ¡qué buena suerte la nuestra!

¿Sabéis lo primero que se me vino a la cabeza cuando Paula me invitó a escribir para vosotros? Que buena suerte la nuestra. O mejor dicho, que afortunadas somos.

En nuestro desempeño profesional como coaches tenemos el gran privilegio de trabajar con personas valientes. Con personas que se atreven a tomar las riendas de su futuro para crecer y ser mejores.

Paula y yo escribimos, formamos y trabajamos con personas que miran de frente a la incertidumbre. Son personas que no sienten temor por cuestionarse sus formas de proceder, de comunicar y hasta de actuar. Son personas predispuestas, personas que no se limitan ni se cierran puertas.

Trabajamos con personas que ante la dificultad se crecen, se plantan y dicen ¿cómo puedo hacerlo mejor? Y se comprometen para hacerlo.

Las personas con las que pasamos buena parte de nuestra jornada, tienen ganas de comerse el mundo. Aunque algunas de ellas puedan estar pasando una de esas fases en las que sientes que todo a tu alrededor se hace gigante e inaccesible, ellas son capaces de reunir sus fuerzas y apostar todo al caballo ganador: al cambio. Al cambio para mejorar.

Trabajar con personas que son conscientes de que ellas son su mejor valor produce una satisfacción inmensa. Buscan el cambio y el desarrollo en ellas mismas para conseguir resultados, pero, sobre todo, para vivir mejor. Para vivir con menos peso, con más equilibrio, algunas llegan hasta a volar.

Que suerte tenemos también de rodearnos de personas que son capaces de plantarle cara al peor de los enemigos que uno se puede echar a la cara. Trabajamos con personas que se plantan cara a sí mismos. Y sí, hay que tenerlos muy bien puestos para atreverse a hacer esto.

Se atreven a poner encima de la mesa todas las cartas. Llega un punto del camino en que no hay trampas ni antifaces ni atrezzo. Lo que pesa, lo que molesta, lo que tiene telas de araña, lo que aprieta, sale. Y ahí se produce la magia. No imagináis la sensación de admiración y de orgullo que se despierta en nosotras, en las personas que estamos a su lado cuando, entre los dos, logramos hacer esto.

También es un privilegio estar con personas que hacen cosas. Actúan y actúan con criterio, se comprometen con ellos mismos para hacer aquellas cosas que les van a posibilitar estar más cerca de su objetivo. Ojo, a ellos, como a todos nosotros, también les da pereza, tienen el mismo tiempo (o mucho menos) que tú, les da vergüenza/apuro/miedo hacerlo. Pero la diferencia es que trabajamos con personas que pese a todo esto, lo hacen. Y aquí está el éxito.

No me canso de explicaros por qué somos tan afortunadas. Es que realmente es un gustazo trabajar con personas que buscan motivos para la acción (yo no motivo a nadie, esto que quede claro).Trabajo con personas para que encuentren los motivos adecuados para encaminar y articular todo su plan de acción en torno a la consecución de unos objetivos que previamente nos hemos fijado.

Leer:  ¿Para qué quieres una varita mágica cuando puedes tener coaching?

Las personas de las que Paula y yo disfrutamos, ríen. Se ríen de cosas que les pasan e, incluso, logran reírse de ellos mismos. Una cliente me dijo en una ocasión que desde que había iniciado el proceso conmigo se reía mucho más y su familia se lo había notado ¿sabéis lo que significa eso para mi?

Pero lo mejor de todo, es que nuestros clientes también lloran. Y puede que esa es su gran riqueza. Son conscientes de que el mundo no es color de rosa (porque el coaching no es rosa, ni lleva flores ni fuegos artificiales, esto que quede claro también)  y no le tienen miedo al llanto. Entienden que la otra cara de la moneda es la tristeza, la pena, la desgracia incluso. Y partiendo de esa base, del reconocimiento de las turbulencias, trabajan para hacer cosas que les permita tomar las riendas de su situación y actuar en consecuencia.

Son personas autónomas, no buscan la receta ni la pildorita mágica. Que va, son más listos que todo eso y saben perfectamente que el camino fácil (a corto plazo) no es para ellos (también sabe que nadie da duros a cuatro pesetas) y buscan el camino en el que preguntan y sobre todo se responden, descubren, aprenden por sí mismos, exploran opciones que no conocían y logran un cambio profundo y estable en su manera de enfrentarse a la vida.

En definitiva, compartimos espacio, emociones y pasión con personas a las que les gusta despeinarse, airear la azotea, cambiar el mobiliario, ponerlo todo patas arriba para volver a dejarlo colocadito. El cansancio que este proceso ocasiona es inversamente proporcional a la satisfacción que nos reporta.

Por eso, aprovecho este espacio tan bonito que Paula ha creado en su maravilloso mundo 2.0 (fiel reflejo de lo que expresa cuando te separa un café de ella) para dar las gracias.

Porque, al final, las personas a las que nos gusta complicarnos la vida para que todo sea más fácil, acabamos encontrándonos  (y pese al título de este post, no creo que la suerte tenga mucho que ver en esto…) Y así, cuando vi a Paula por primera vez hablar del coaching y cuando la vi comunicar con aquella pasión tan dulcemente controlada me dije, sí, no hay duda. Esto de lo que habla esta chica, este coaching del que ella habla, si me va. Éste si me convence, éste si es útil para mi profesión. Y ya no hubo vuelta atrás. Así que Paula, gracias.

Y, por último, quiero darte las gracias a ti. Puede que aún no lo sepas, pero si estás leyendo este post, ya tienes la fortuna de pertenecer a este grupo de personas de las que hablo. Ya eres una persona valiente que empieza a preocuparse (ocuparse) por lo más importante que todos tenemos en esta vida, por nosotros mismos.

Tú tienes la fortuna de pertenecer a este grupo y yo tengo la fortuna de haberme encontrado contigo, ¡qué buena suerte la nuestra!

Elena Arnaiz Ecker

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