El verano me confunde y las vacaciones me desordenan. Aunque no lo suficiente como para abandonar dos de mis hábitos más saludables, caminar y escribir.

Ayer, pese a no tener ninguna obligación me desperté a las 7 de la mañana y a las 7:20 ya me había calzado las chanclas para salir a pasear por la playa. El sol apenas calentaba y aún estaban frescas sobre la arena las huellas de las máquinas limpiadoras.  La playa de La Barrosa es inmensa, kilómetros y kilómetros de arena y aguas color turquesa. A penas había nadie a esas horas, salvo un par de runners, dos o tres trabajadores de la limpieza, un buscador de metales y yo.

Me llamó la atención el hombre vestido de un modo inverosímil, claro que un buscador de metales no puede ser un tipo común, pensé. Su indumentaria era bastante más chocante que aquel aparato que deslizaba por la superficie de la arena como quien pasa la aspiradora por una alfombra nueva.  Con sumo mimo y cuidado. Lo observé un rato y como suele ser habitual en mí imaginé una vida llena de vicisitudes en tan sólo unos segundos, suelo tender mucho a lo trágico cuando se trata de imaginar historias. Demasiadas pelis de corte social en mi adolescencia y temprana juventud, supongo.  Mi nombre es Joe, de Ken Loach, fue una de las pelis que más me marcó y más lecturas consiguió sacar de mí en aquellos años, con semejante referencia, a ver cómo se las apaña uno para imaginar fundidos en rosa.

No sé por qué mi cerebro, de modo inconsciente supuso que aquel hombre, ya convertido en pobre hombre, no tendría más opciones para poder sobrevivir que aprovecharse del abandono al que como por arte de magia nos entregamos cuando estamos de vacaciones .

Pero de pronto se me vino la idea de que quizás era más una cuestión de elección que de obligación. Y decidí abrazar esa idea. Siendo consciente de que todo era producto de mi imaginación, empecé a construir la historia que a mí me hubiese gustado escuchar.  Me obligué a creer que aquel hombre había elegido aquella actividad como forma de vida o complemente a la que ya tenía y de pronto, aquel pobre hombre, dejó de serlo para convertirse en un hombre libre, dueño de su destino y hacedor de sus días.

Así que abandonada a la imaginación como estaba comencé a redactar mentalmente su historia y ya de paso encontrar algunas claves para escribir este post. Supuse que de haber sido así, tal y como yo imaginaba, este hombre tuvo que en algún momento de su vida tomar la decisión de convertirse en buscador de metales. Una ocupación tan poco común como dudosa efectividad. Pero aún así, decidió hacerlo y seguramente tuvo que seguir un plan de acción. Al final, da igual que quieras hacer o en qué te quieras convertir porque todo va a depender de que tengas claras algunas cosas que harán que emprender el camino resulte más fácil.

  • Derecho a soñar: Entendiendo el sueño como visión de futuro, como impulso que haré que la fantasía se convierta en realidad. Nuestra actitud ante un sueño será distinta a la que tengamos frente a la realidad. La primera es fundamental pero la segunda no es menos importante. Lo que has de conseguir es que ese primer impulso te ayude a dar el primer paso. No creo que haya muchas personas cuya aspiración sea convertirse en buscadores de metales. Pero lo cierto es que existen.
Leer:  La sinceridad está sobrevalorada

 

  • Mensajes desde el yo: Hacerte las preguntas adecuadas. Entender que todo parte de ti. Que todo está en ti. Que cuando llega el momento en el que te das cuenta de algo sólo puedes hacer dos cosas, o ignorarlo o hacerte cargo. Si te haces cargo, estarás escuchando tu voz interior y además creciendo porque ya no podrás continuar del mismo modo. Ya no hay vuelta atrás sino todo uno camino por delante.

 

  • Ambición y perseverancia. Aguien podría pensar que buscar metales no es una tarea ambiciosa, aunque yo creo que todo dependerá del objetivo. Si tu objetivo es hacerte millonario, está claro que con esta actividad no va a resultar sencillo pero si tu objetivo es tener uno ingresos modestos que te permitan ser dueño de tu tiempo y que tu oficina sea una playa inmensa en la costa de Cádiz, pues quizás sea la única opción posible. En cuanto a la perseverancia, creo que poco hay que añadir. No hay éxito personal ni profesional sin perseverancia.

 

  • Resiliencia: La capacidad de sobreponerse a la adversidad parece indispensable si te dedicas a recoger metales en una playa y quizás durante días sólo consigas recoger latas vacías de cerveza. Pero también cuando eres profesor y has tenido un alumno difícil con el que no consigues tus propósitos. O si eres coach y una sesión no ha salido como querías. O si eres vendedor de telefonía móvil y no has conseguido llegar a tu objetivo mensual. Cuanto más consciente seas de lo que supone un error o un fracaso, cuanto más capacidad tengas de poner el foco en el aprendizaje en vez de en la situación dolorosa que lo provocó más resiliencia estarás cultivando.

 

  • Serenidad: Quizás la guinda al pastel. La serenidad hará que consigas sobreponerte al vaivén emocional , a la intensidad de las pasiones que hacen que en ocasiones perdamos el equilibrio. No me refiero a la pasividad, no hablo de abanderar el pragmatismo como única fuente de autocontrol sino a saber dominar la impulsividad cuando esta nos convierte en armas de destrucción masiva. La serenidad nos permite no conceder a las cosas más importancia de la necesaria, ni para hundirnos ni para ensalzarnos en exceso. La serenidad para mí es la quintaesencia del autocontrol.

 

Ahora solo me queda una cosa por hacer. Corroborar mi historia. Mañana volveré a salir a caminar a primera hora con el único propósito de encontrarme con el buscador de metales y descubrir su verdadera historia. Y quien sabe, quizás descubra material para otro post.

Gracias por seguir ahí

Share This