I´ve got you under my skin
¿Por qué alguien que va a escribir sobre cine comenzaría citando el estribillo de una canción?

A lo largo de mi vida han habido varias pasiones, de distinta naturaleza y morfología. Envueltas en papel de celofán y metidas en cajitas unas, escondidas entre líneas o deslizándose entre pentagramas otras. Cubiertas de piel y sacudiendo la tierra que me rodeaba a cada paso que daban, las menos. Pasiones que han hecho mella en mi para bien y para mejor. En cualquier caso, pasiones de esas que se te meten bajo la piel para recordarte que en algún momento has estado muy viva. Cuerda o loca, pero latiendo a ritmo de diástole y a la velocidad de la luz. Caminando justo a un palmo del suelo.

El cine ha sido una de ellas. El cine es y será una de ellas. Así que en el mes que me vio nacer, decido estrenar una nueva sección en mi blog: 1,2,3 Rodando! nace con una idea clara, aunar dos de mis pasiones: cine y coaching que han acabado por confluir en una. La pasión por vivir historias ajenas que me ayuden a comprender la mía. Pasión al entender la vida como un guión por escribir, digno de quiebros inesperados e instantes cargados de sentido.

Cada uno es muy libre de elegir y vivir sus pasiones y de abandonarse a aquello que le mate o le alimente (o las dos cosas) como estime conveniente. La mía por el cine, como toda pasión incondicional no tiene explicación racional. Sería un ejercicio inútil explicar desde la razón, lo que ha significado el cine para mi y las cotas de felicidad que he experimentado viajando a través de historias, personajes y lugares.

Así que voy a tratar de contaros cómo he vivido yo esta historia de amor que me ha dejado el corazón lleno hasta la bandera y los recuerdos repletos de entradas numeradas.

Mi pasión por el séptimo arte, esa revoltijo fascinante de algunas de las expresiones artísticas más elevadas del ser humano, se despertó una tarde de domingo del año 1981. Aquella tarde, por primera vez en mi vida y sentada en una butaca al lado de mi padre, pude experimentar la grandeza de viajar en el tiempo y el espacio.Y desde entonces, ya no he podido dejar de hacerlo.
¿El culpable de mi viaja iniciático? Jean Jacques Annaud y su fascinante En busca del fuego. No fue la primera, pero fue la que se quedó en mi rincón de los tesoros para siempre.

Me pareció entonces, y aún me lo parece hoy, totalmente adictivo, seductor y alucinante la capacidad de poder fluir de un estado a otro, mental o físico. De ser todas las personas del mundo y a la vez más tú que nunca. La capacidad de vivir la vida de otros, para comprender la tuya. De observar con verdadera fascinación, que en la vida, como en el cine, nada es estático. Que todo puede ser susceptible de un quiebro de última hora, como ocurre en algunos de los momentos más sorprendentemente gloriosos del cine.

Se me vienen a la cabeza, así, de pronto, la escena de Infiltrados en la que DiCaprio cae fulminado en un ascensor mucho antes de que nadie le hubiese imaginado en un traje de madera. O cuando Tarantino, decide, contra todo pronóstico liquidar a Travolta sentado al retrete, en Pulp Fiction.

Hay en el cine, miles de momentos en los que la fragilidad de la existencia, de las relaciones, la increíble aventura de vivir, aparece como un fogonazo ante quien esté dispuesto a adentrarse en 90 minutos de pura fascinación, de puro arte, de pura vida.

Soy lo que soy, en gran medida, por todo el cine que he visto. Soy la vulnerabilidad de Tim Robbins en Mystic River y el coraje de Russel Crow en Gladiator. Soy el descaro de Bárbara Stanwyck en Perdición y la desolación de Stephen Rea en Ciudadano X. Soy la determinación de Hilary Swank en Million Dólar Baby y la duda de Al Pacino en El Padrino. La nostalgia de un robot llamado Wall-e y la alegría de Jene Kelly en Bailando bajo la lluvia. Soy la pasión de Meryl Streep en Los puentes de Madison y ese cerrar las cortinas para siempre de Michelle Pfeiffer en Las amistades peligrosas. La soledad desgarradora del Capitán Wiesler en La vida de los otros y la despreocupación de Agador Espartacus en Una Jaula de Grillos.

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El cine me ha acompañado siempre. Me ha vapuleado y me ha llevado en volandas como la vida misma.

Durante un tiempo, mucho antes de descubrir el tipo de persona que soy, o mejor dicho, en la persona que aún se encuentra en la sala de montaje, pensé que el cine era para mi una huida perfecta. Un refugio, la forma menos dolorosa de escapar de mi misma, de querer multiplicarme, de trascender una vida que en ocasiones, se me antojaba insuficiente, rácana, canija para alguien con tantas ganas de todo.

Y resultó ser todo lo contrario, era viaje pero no era huida. Era un escapar de mi para encontrar el camino de vuelta. Era un vivir otras vidas para descubrir la grandeza de la mía, era un modo de entender mi propia historia a través de todas las que otros locos han soñado, escrito y rodado, quizás tratando también de encontrar las suyas.

En mis sesiones de coaching suelo recomendar películas. Rara es la vez que no termino una sesión y se me viene a la memoria un personaje determinado, una historia paralela que ya he visto y vivido. Vivo el cine con la misma pasión que vivo el coaching porque se rozan mucho más manifiestamente de lo que podría parecer.

Podría hacer coaching en un viaje en avión, en una cola de supermercado, en una tienda de campaña de un campamento de refugiados, manteniendo una conversación con un amigo, o con un desconocido en la sala de espera de un hospital. Siempre que haya una persona que lo necesite allí estaré, no necesito nada más que mis ojos, mis oídos y mi boca. Va conmigo a donde yo voy, sin necesidad de nada más que yo misma.

Lo mismo sucede con el cine, podría cerrar los ojos y recordar todas las películas que he visto, podría pasar horas recordando escenas. No necesito nada más. Tengo horas de cine grabadas en la memoria para alimentar otra vida.LLevo el coaching conmigo como llevo el cine conmigo.

Viktor Frankl  en su genial El hombre en busca de sentido escribió algo así  “a un hombre pueden despojarle de todo menos de una cosa, la última de las libertades humanas, la de elegir qué pensar, la libertad de elegir su propio camino”

Así que por más que nos estén dejando las ciudades sin cines y el alma en versión original subtitulada, nadie podrá arrebatarme a donde viajo cada vez que cierre los ojos. Como tampoco nadie salvo yo misma podrá impedirme que haga coaching. Mi entorno podrá cambiar, sí, pero lo que llevo dentro, eso es intocable.

¿Qué es lo que nadie te podría arrebatar a ti?

Espero que esta nueva sección te guste, me encantará recibir comentarios, sugerencias o propuestas para escribir sobre películas determinadas. Recordad que este es el salón de mi casa, de la vuestra.

Gracias por seguir ahí.

 

 

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