Si eres una de esas voces ‘machaconas’ que se pasa el día diciendo a sus amigos y familiares, no te fíes, ten cuidado, este post está escrito para ti. Si has dejado pasar demasiados trenes porque la desconfianza ha podido más que la promesa de un viaje inolvidable, si eres de esos, creéme, estás de suerte. Y no es que yo me crea tan especial como para pretender hacerte cambiar de opinión así, sin más. No, no es lo que pretendo, no es esa mi idea. No seré yo quien me limite a decir ; eh! confía, y descubre lo sano que es, porque entonces desconfiarás, como cabría esperar.

¿Qué hace que una persona necesite confiar para vivir?

Lo que yo quisiera, lo que más me gustaría en el mundo es que hicieses un ejercicio de honestidad y dieses cabida a planteamientos que quizás hasta ahora nunca te habías parado a cuestionar. El mayor regalo para mi confianza, ¡vaya!, se me escapa por todos los poros, sería que lo descubrieses por ti mismo.
Porque ocurre que ya he conocido a muchos como tu y sé que en el fondo estás deseando confiar, que te mueres por hacerlo que en el fondo envidias a ese colega que va por la vida regalando sonrisas y aceptando invitaciones sin medir a quien regala su tiempo y en quien confía sus pasiones, inquietudes o secretos. Y que con esa misma pachorra, con esa misma capacidad para elegir libremente dar a quemarropa, decide no volver a regalar un segundo más a quien no lo merece siendo consciente de que al menos ha aprendido algo, saber a quien no quiere cerca. Saber dónde no estar. Saber a qué partida se apunta y con quien intercambiaría cromos, fluídos o proyectos profesionales y con quien no haría ni un viaje en ascensor.
Porque el desconfiado en el fondo se queda con las ganas. Y el que confía descubre a puerta gayola. Y no hay cosa peor que quedarse con las ganas desde la consciencia. No hay cosa peor que haber dejado de hacer, decir o sentir por desconfianza.
Porque seamos honestos, en el imaginario colectivo existe la creencia de que quien desconfía tiene en cierto modo más criterio, más experiencia (¡ay!, la vida le ha enseñado tanto…) es racional, objetivo, realista, y un largo etcétera de adjetivos que sin bien por separado son encomiables, en una misma frase y aplicados a un mismo individuo me provocan la misma sensación que la de pensar en ponerme unos calcetines mojados.

El desconfiado es el que abre un regalo con el mismo cuidado, que pondría al desactivar una bomba y así tener el suficiente tiempo como para estudiar el gesto que necesitará poner en caso de que ¡oh dios mío! el regalo le espante. El confiado romperá en mil pedazos el envoltorio, su pasión hará que quizás se cargue en ese acto juguetón y apresurado parte del contenido pero esperará ansioso encontrar lo mejor y si no es así dirá algo así como: ¿hay alguien más en esta mesa que cumpla años hoy? Y entonces no te quedará otra que arrojarte a sus brazos o darle una colleja amistosa, lo uno o lo otro va a depender del grado de intimidad existente, porque al confiado se le adora. Porque sabes, los dos sabéis que cuando necesitas ese impulso que te falta, el confiado será quien te diga; vamos!¿qué puedes perder?. Cuando tanto necesitabas escuchar eso. Porque curiosamente un desconfiado intenta tener cerca a un confiado, yo me pregunto, ¿por qué será?
Porque independientemente del resultado deseado que lógicamente será que la otra persona sea digna de confianza, el confiado está siendo completamente libre. Libre para expresar lo que siente, ya sea agrado o desagrado. Libre para permitirse la licencia de acertar o equivocarse. Y sí, poder seguir viviendo incluso como si nada.
Libre como para obviar las voces que intentaron persuadirle y luego remataron con un “ya te lo dije”. Si, libre a pesar del “ya te lo dije” que es la frase que más odiamos escuchar.
Porque confiar es uno de los mayores regalos que uno puede hacerse a sí mismo. Es toda una filosofía de vida.
Quien confía descubre. Para bien y para mal. Les reconoceréis por su firmeza en el saludo. Por la sonrisa que aún permanece aunque ya se hayan ido. Por la ausencia de miedo a la hora de hablar de sí mismos, porque recuerda, están al mando y ellos lo saben.
Un confiado no es un inocente sin criterio, un queda bien. Un auténtico confiado de los de pura cepa decide por si mismo. Aunque pueda parecer lo contrario es él o ella quien ha decidido estar ahí, más o menos su diálogo interno habrá sido, ¿qué puedo ganar? Me apunto! Y nada más. No habrá tenido en cuenta la opinión de nadie ni habrá dejado a su ninguneada voz interior que decida por él.
Acuden decididos a comprobar si ha merecido la pena y si es así, te abrirán la puerta para que entres hasta la cocina. Y entonces lo celebrarán como niño con zapatos nuevos porque no hay nada mejor para un confiado que reconocerse en otro.
Esta tarde yo he sido confiada. Y gracias a esto he encontrado la inspiración para escribir este post. Llevaba dos días sin tiempo para sentarme a escribir y lo que es peor, sin ninguna idea a la que agarrarme. Ayer por la mañana leí esto en un mensaje privado del twitter : Hola Paula! ¿Cómo tienes el apartado de la agenda “tomar un café con personas llamadas Francisco”. No pude evitar esbozar una carcajada. Tendré que revisar mi carné de baile pensé guasona. En serio, no hubo ni un segundo de resistencia porque supe que alguien que es capaz de semejante propuesta confía en que el otro capte exactamente la misma intención que quiere transmitir. Se llama Francisco Salvador, “paquete” para los amigos, es un apasionado de la comunicación y estoy segura que de aquí saldrán proyectos profesionales y si no es así, recordaré por mucho tiempo esa frase y esta tarde.
Así que a pesar de que llevo años trabajando mi asertividad y procurando acariciar con mis palabras hoy te lo digo así, como me sale, confía o muere.
Gracias por seguir ahí.

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