Amarse a uno mismo es el inicio de un romance que durará toda la vida

 Oscar Wilde

Hay momentos en la vida en que uno necesita decirse ciertas cosas. Hay veces en las que es necesario darse un respiro y dedicar unas horas o unos días, depende de la necesidad, a quererse, perdonarse y darse reconocimiento. Sobre todo cuando esperas a que otros lo hagan y ese reconocimiento no acaba de llegar y especialmente cuando descubres que quizás esas personas en quienes confías tan generosa tarea, podrían no ser las más adecuadas. Los motivos por los que no, los dejaré a vuestra imaginación. Habrá tantos como vidas.
Porque seamos sinceros, esperar la aprobación de los demás, además de ser un deporte de alto riesgo suele ser bastante poco efectivo. Puede servir como calmante, como cuando te quemas al cocinar y te aplicas un poco de pomada o aloe vera arrancado directamente de la planta, como es mi caso. Como calmante sí, funciona, como cicatrizante no. En ese caso lo único válido es el discurso propio, el que conseguirás elaborar tras algunas lágrimas negras y alguna que otra bajada al infierno de esas que sirven para descubrir que en ese lugar, mejor permanecer el tiempo justo y necesario.

Porque conseguir ese estado de calma, de agua pasada, de ya no más minutos dedicados a este tema tras un daño inflingido por alguien, por ti mismo o por una mezcla de ambos sólo será posible desde dentro. Nada que otros digan o hagan van a conseguir ese estado de cosas si tu no lo sientes, ni lo piensas ni lo crees así. Nadie, ni tan siquiera el causante de ese daño va a poder conseguir reparar lo que se rompió si tu decides que aún está roto. Del mismo modo, los restos de la batalla desaparecerán como por arte de magia cuando tu decidas que ya ha estado bien, que ha sido suficiente, independientemente de que la otra persona siga en pie de guerra o no.

Así que por más que te guste darte caña, por más que seas de los que no descansa ni para coger el aire necesario antes de emprender otra subida al Angliru, hay veces en las que debes olvidar tu lado crítico y hasta cínico para endulzar tus horas. Para recordarte lo que vales, lo que has conseguido, lo que das y lo que mereces.

Nos gusta muy poco valorarnos, nos han inculcado la humildad que agacha la cabeza y esconde con vergüenza los logros en vez de la que parte de un emponderamiento bien entendido. Lo cierto es que la vida puede resultar muy perra cuando te empeñas en castigarte más de lo debido por más que ese comportamiento encierre el fin último de crecer y ser cada vez mejor para los demás y para tí. Porque yo me pregunto, ¿cómo vas a saber en qué eres mejor de lo que eras si ni tan siquiera te paras a revisar qué has conseguido y como lo has hecho? ¿Alguien haría el esfuerzo de subir a una cumbre si no supiese que en algún momento va a poder descansar y disfrutar del paisaje?

Quien escribe esto no ha sufrido ni más ni menos que ninguno de vosotros. Pero sí que se ha esforzado mucho por entender, analizar, investigar y trabajar sobre las causas que hacen que a algunas personas les cueste tanto perdonarse, quererse y valorarse cuando se sienten heridas o agraviadas. Cuando asumen culpas que no les corresponden o cuando aún siendo responsables les cuesta un mundo volver a mirar al frente con la cabeza erguida, sin otorgarse el beneficio de la duda o poder saborear el aprendizaje recibido a cambio. Así que desde este lugar que ocupo, voy a compartir con vosotros algunas de las cosas que voy aprendiendo sobre mi y sobre los clientes con los que trabajo desde el coaching.

Cosas que necesitas decirte aunque nunca lo hagas, cosas que nunca te dices y que necesitas escuchar

Tengo derecho a equivocarme
Seamos honestos, a la mayoría de nosotros nos gustaría pasar por la vida sin mancha. Sí, incluso aquellos que dicen disfrutar en el fango, creo sinceramente que se trata más una cuestión de adaptación que de elección. Equivocarse escuece como una herida reciente aunque en la mayoría de los casos es un mal necesario. A nadie le gusta descubrir que no he hecho las cosas bien, que no ha prestado la suficiente atención o no ha puesto todo el cuidado. En cambio el error es una constante en todo proceso de aprendizaje aunque nuestra educación se ha empeñado en mostrar el error como algo digno de castigo. Aprendemos porque erramos. La clave está en no regocijarse en el error sino en centrarse en el aprendizaje posterior. Si te permites fallar te estás permitiendo avanzar.

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No estoy programado, puedo cambiar de opinión

Nuestra sociedad ensalza valores como la coherencia y la congruencia. A nadie le gustaría admitir ante nadie ni tan siquiera ante sí mismo que está siendo incongruente. Lo que ocurre es que no debemos confundir la falta de coherencia con el derecho a cambiar de opinión. Ser coherente quiere decir actuar conforme a valores propios. Actuar guiado por una voz interior firme y clara. Y hay ocasiones en las que atender a esa voz requiere precisamente cambiar de opinión, o de rumbo o de vida. Yo seré incongruente si mantengo que nunca trabajaría para un cliente cuyos fines no fuesen éticos y a la primera de cambio accediese a trabajar para un traficante de armas. Estaría faltando a uno de mis valores fundamentales. En cambio puedo decir que adoro la profesión de coach y me gustaría poder ejercerla siempre pero dejar de hacerlo si en algún momento descubro que no estoy a la altura de lo que esta profesión requiere. Eso sería un cambio de opinión que alteraría mis planes, pero no mis valores. Puedes cambiar de opinión y debes hacerlo cuando sientas que no estás yendo en la dirección adecuada. Tienes ese derecho o de lo contrario podrás pretender incluso parecer una persona libre, pero en el fondo serás un esclavo.

 

Esta vez tengo razón y me la voy a dar

Esta es una de las frases que más cuesta pronunciar a las personas que son especialmente sensibles ante las emociones de los otros. Si además de eso eres de los que muestra una indulgencia extrema para con los demás pero no eres capaz de permitirse a tí mismo el mínimo fallo o si eres de los que te cuesta nada ponerte en el lugar del otro, hasta el punto de perderte de vista a tí serás carne de cañón. Sufrirás y te sentirás incomprendido y ninguneado. Será genial que te permitas darte la razón de vez en cuando. Habrá ocasiones en las que necesites recordarte que podrías tenerla y no por eso el mundo se va a caer bajo tus pies ni nadie se va a sentir traicionado ni violentado o contrariado. Y si es así, descubrirás que el planeta puede estar ardiendo pero tu decides no estar para apagar el fuego de nadie quemándote en el intento. Ese día además, habrás aprendido otra lección viliosísima, no eres el ombligo del mundo. Nadie lo es.

Soy tan bueno como lo mejor que haya conseguido

Con frecuencia se nos olvida mirar atrás y reconocer el héroe que todos llevamos dentro. Al que ha sido capaz de reponerse de tantas caídas, de tantas heridas, de tantas batallas. No admitir la grandeza que ha habido en ti es tan injusto como estúpido. Injusto porque a nadie más que a ti se le puede adjudicar la autoría de lo que has conseguido y de verdad, mira atrás y dime si no ha habido cosas de las que sentirse orgulloso. Estúpido porque si no eres capaz de reconocer el valor de cada experiencia vivida, de cada cosa conseguida estarás negando todo lo que eres. La poetisa Edit Sitwell escribió  “Soy paciente con la estupidez, pero no con quienes están orgullosos de ella”. Suscribo cada palabra.

Cuidarse a uno mismo es fundamental para gozar de una vida plena y saludable. Quererse no sólo es un derecho, debería ser una obligación. Pretender que el mundo sea un lugar mejor, más justo, tolerante y menos hostil parece una tarea ingente si no somos capaces de empezar por nosotros mismos. ¡Quiérete!

Gracias por seguir ahí.

 

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