En las redes sociales, como en la vida, existen unos códigos.

Algunos,la mayoría son tácitos y parten del más común de los sentidos, el sentido común. Es cierto, el universo 2.0 es territorio nuevo, tierra conquistada recientemente en  la que como cabría esperar, hay personas que se sienten tremendamente inseguras a la hora de adentrarse. Personas que ante el desconcierto inicial quizás aún no tengan muy claro qué si, qué no y qué tal vez.

Sería una actitud demasiado buenista y buenrollista por parte de los que sí hacen un uso apropiado, pensar que el desconocimiento puede eximir al resto de un comportamiento inadecuado en la red.

Porque se me ocurre que las normas fundamentales de convivencia, las llevamos de serie, quiero pensar que así es dado que nos ha tocado vivir en una época en la que una gran mayoría hemos tenido acceso a la educación básica. Y por tanto, esas mismas normas son aplicables a cualquier situación en la que tengamos que compartir con otros, espacio, opinión, vida, y eso sucede constantemente. Salvo que vivas en una cueva.

Pienso que podríamos partir de unos principios sólidos y contundentes, que todos conocemos bien, aquellos del tipo “tu trata de hacerlo lo mejor que sepas, hija” o  “si tu amigo se tira por un puente,¿tú también te tirarías?” Si, de esos…

Aquí está uno de mis favoritos: “no hagas a nadie lo que no querrías que te hiciesen a ti”. Con esta máxima, se puede construir una vida y además una vida de éxito personal, ese éxito que todos querríamos reconocer como nuestro cuando estemos a un paso de apagar la luz para siempre.

Esto lo aprendí de pequeñita, como lo de no saltar por un puente detrás del amigo suicida o tratar de hacerlo lo mejor que sé  y con esta sabiduría popular y doméstica he crecido, me he relacionado, me he reproducido y sigo por el mundo. Y como yo millones, la mayoría.

Todo este prolegómeno viene al caso para explicar un asunto que creo que es importante y necesario en un mundo cada vez más interconectado y donde resulta ciertamente difícil discernir qué de todo lo que me encuentro puedo usar y sobre todo, cómo puedo usarlo en la red. Hablo de contenidos. Qué es mío que no lo es y cómo proceder ante el uso de uno y otro en cada momento.

Si eres creador de contenidos, y sí, si estás en alguna red social lo eres, en algún momento habrás tenido que plantearte cómo empezar;

  • Voy a trabajar duro y tratar de dar lo mejor que pueda teniendo en cuenta que estoy asumiendo un compromiso con aquel que me lee.
  • O voy a buscar lo fácil y salir a pescar en este rio revuelto a ver si con suerte cae algo en poco tiempo y si además me puedo mantener en la orilla, mejor.

Seamos sinceros, no todos los contenidos tienen que ser sesudos, por suerte o desgracia para quien escribe, depende del momento en que te pille. No siempre un artículo o un post lleva el mismo trabajo, habrá días en que una frase leída inspire un post de 1000 palabras y otros en los que tengas que echar mano de todo tu ingenio y de varios libros, blogs, entrevistas, etc.

Y tan lícito será una opción como otra, incluso, sabes bien que el resultado final y la acogida del post puede no ser directamente proporcional a las horas empleadas  en su elaboración. Esto es así.

Pero en ningún caso se debe traspasar la delgada línea que permita hacer creer que los contenido que publicas son tuyos si no lo son.  Si ha sido una “apropiación indebida” en toda regla en esta bacanal de contenidos que es la red. Puedes engañar a los demás, puedes incluso jugar a engañarte a ti, pero sabes bien que esas historias de amor entre quien finge y quien busca lo auténtico, no aguantan un invierno.

Déjame que te cuente una historia.

Cuando era pequeña, veraneaba en uno de los pueblos más bonitos en los que un niño querría poder pasar sus días de verano, montaña, río, sol, naturaleza, una plaza llena de chavales, verbenas por las noches, el paraíso. Se llamaba Riaño. Hoy agoniza bajo las aguas de un pantano.

Franco, cuyas aficiones entre otras, eran la caza y la pesca era un enamorado de aquel lugar y cada verano se dejaba caer por los montes de Riaño para dar rienda suelta a su peculiar llamada de la selva. Y digo peculiar porque contaban los mozos del pueblo que a Franco lo que le gustaba en realidad era disparar solo cuando tenía  la certeza de que iba a dar en el blanco. A Franco le adormecian los venados y por eso cazaba, a Franco casi le cercaban el jabalí en un perímetro de 5 metros cuadrados  y por eso cazaba. Las cabezas que colgaban de sus pazos, en su mayoría, eran la consecuencia del trabajo de otros, del esfuerzo de aquellos mozos de Riaño que se las apañaban sabe dios cómo para conseguir que el generalísimo se llevase a su casa las cabezas de aquellos pobres animales que acabaron sus días de una manera tan cruel y deshonesta.

Leer:  La frecuencia

Cuando eres creador de contenidos en la red puedes hacer dos cosas:

Salir a cazar. Buscar tu inspiración
Cualquiera que haya tratado de escribir algo para ser compartido en la red sabrá que ya todo está inventado, escrito, cotejado, verificado, examinado… Aún así encontrarás inspiración en miles de artículos, libros, frases, conversaciones escuchadas al azar, charlas con amigos que podrán darte una base sobre la cual escribir, aportar valor, crear tu particular visión. Tu cerebro bullirá de ideas que tendrás que organizar y dar sentido.

Poner tu sello y aportar tu impronta en los contenidos inspirados por otros, no es copiar. Es sumar valor a algo que ya fue pensado, visualizado, escrito por alguien mucho antes que tú. Aún así, conviene citar tu fuente de inspiración, y si no directamente, a lo largo de tus publicaciones, de tu trayectoria, deberás haber nombrado a tus referentes. Tus lectores reconocerán rápidamente tu estilo y sabrán sin necesidad de leer, quienes te inspiran, porque tu ya te habrás encargado de dejarlo claro en alguna ocasión.

Haz alusiones directas a aquellas personas que te alimentan, que te despiertan que te hacen palpitar. Por respeto a ellos y por respeto a ti.

Todo autor es inspirado por algo. Toda nueva idea ha partido de una inspiración primera que ha hecho click o que ha ha hecho boom, que ha impactado en definitiva. Así que tu pequeña o gran aportación, ese darle una vuelta de tuerca más bajo tu visión y criterio, ese buscar conexiones entre unos y otros escritos, es lo que hará de ti un creador de contenidos original y respetado.

 

Que te duerman al venado. Buscar quien te haga el trabajo

 

Las personas tendemos a buscar lo fácil. Tendemos a ahorrarnos el sufrimiento porque solo buscamos el placer, qué le vamos a hacer, estamos programados para el hedonismo. Unos más que otros, esto es cierto. En general, huimos del esfuerzo como de la peste. Además esta sociedad nos ha vendido que lo importante es el resultado, y no el proceso. Que cuantos más likes mejor y que si te comparten 3000 personas eres el rey del mambo, sea lo que sea que hayas publicado.

Ayer  leía un post genial de  Andrés Perez Ortega, una de las personas que me inspira, titulado Mamá quiero ser viral, en el que contaba la anécdota de que tras una clase en una escuela de negocios, algunos alumnos le preguntaron que qué había que hacer para convertirse en virales. Virales, ¡manda huevos! Dice el propio Andrés.

Pues bien, más allá de cuestionar aquí el valor de la viralidad, cada cual sabrá lo que persigue y sobre todo a qué precio, desde luego lo que parece quedar fuera de toda duda es que la solución para conseguirlo no está en copiar.

Quizás esa fascinación por el reconocimiento efímero que pueden aportar las redes en un momento dado, haga caer algunos en la tentación de copiar a los mejores, o a los que ya consiguieron eso o a los que tienen más repercusión que uno. Pero ni es lo apropiado, ni es lo justo, ni es la solución. Entérate, no es lo correcto, está mal.

Hace poco y gracias a un amigo supe que Pablo Arribas, el creador del Universo de lo sencillo, vivió esto en primera persona. Alguien plagió su post más leído “Sal con un valiente”, por cierto, una maravilla para los sentidos, y lo hizo íntegramente y sin mencionar la autoría. Pero, ¿hasta dónde hemos llegado?

Volviendo a Franco y si me lo permitís, yo no sé lo que puede pasar por la cabeza de un dictador. Incluso a mí que me gusta tanto hacerme preguntas e imaginar vidas ajenas, nunca me ha dado por ponerme en la mente de un hombre así. Pero me atrevería a asegurar que quizás en algún momento de su vida, soñó con cazar un venado a monte abierto, sintiendo la excitación de perseguir a la víctima huidiza, solos él y el animal, el hombre insignificante sintiéndose poderoso por el logro conseguido por él mismo y nadie más. Quizás ese fue algún día su sueño.

Gracias por seguir ahí.

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