Si eres de los que piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, este post no te va a gustar. Si cada vez que alguien menciona las palabras facebook, twitter o whatsapp , tu postura es mantener que eso no es para ti o defiendes con vehemencia que la locura de los smartphones nos hace parecer zombies o replicantes, abandona la idea de seguir leyendo. Te aviso por aquello de que quizás prefieras emplear tu tiempo en otro tipo de contenidos más ad hoc a tu concepción de las redes sociales. Haberlos haylos. Porque mi postura es bastante clara , nada de tibiezas cuando se trata de defender aquello en lo que creo y con lo que disfruto.

Así que como no podría ser de otro modo, no voy a admitirlo, porque eso supondría tener que reconocer que en fondo, me estoy exculpando de algo que hago conscientemente y además con premeditación y alevosía. Lo voy a escribir, sujeto verbo y predicado. Yo vivo conectada. Full time on. Adoro esa sensación que no me hace esclava de nadie, si acaso, tan sólo de mí misma, maravilloso y reciente descubrimiento, por cierto.

Adoro sentir que pertenezco a una comunidad global, multicolor, inquieta, vibrante. Que siente y percibe cada estimulo que viene de fuera con la misma emoción que un niño descubre el mar por primera vez . El mundo entero colándose a través de tan solo 5 pulgadas de pantalla. Un universo de posibilidades. Millones de almas conectadas, millones de emociones, de deseos, millones de palabras sentidas y luego escritas. Millones de peticiones, de ruegos, de alegrías compartidas, de tristezas que se hacen más livianas por el hecho de poder ser sacadas a la luz.

Millones de imágenes, intercambio de retinas, pupilas que se dilatan, pieles que palpitan y corazones que galopan por salirse del pecho. Me gusta imaginar que la canción que yo estoy escuchando en youtube la ha compartido alguien en algún lugar del planeta que quizás sentía algo parecido a lo que yo siento cuando la escucho. Me encanta sentirme parte de ese ecosistema en el que las leyes del tiempo y el espacio agonizan ante la evidencia de que seres humanos alejados por cientos o miles de kilómetros puedan sentirse tan cerca. Tanto.

Nunca la conexión entre personas que físicamente están alejadas ha sido tan posible como ahora, tan fácil, tan íntima, tan real. Sí, tan real aunque no haya piel de por medio. Sé que algunos pensarán que estoy loca, que en algún lugar del ciberespacio alguien o algo me ha hecho desaparecer de mi mente el significado de lo que realmente supone el contacto entre seres humanos. Nada más lejos de la realidad, creedme, nada más lejos de la realidad.

Y para evitar esa tendencia tan española de pensar que todo lo que no es blanco necesariamente tiene que ser negro me adelantaré a decir que defender las relaciones en las redes sociales no quiere decir en ningún modo o manera excluir las otras.

Para empezar porque no hablo de un sustitutivo. Lo que quiero decir y defender es que a nadie debería  pasársele por alto la grandeza que existe en el hecho de tener al alcance de tu mano una ventana al  mundo. Y que además puedas elegir libremente en que momento tus ventanas están abiertas de par en par para todo el que quiera entrar o decidas bajar las persianas y desaparecer. Esa capacidad de elegir asomarme al mundo o escapar de él es maravillosa y hasta ahora nunca había sido posible de esta manera, con esta sencillez y con tal intensidad.

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Si nos olvidamos del contacto físico por un momento, si dejamos de lado la insustituible sensación de piel con piel, de perderse en las pupilas del otro o de dejarse llevar por el efecto que desprenden las palabras dichas a quemarropa  y trascendemos el concepto de contacto físico para llegar al concepto de contacto emocional o espiritual hay que reconocer que ya no hay barreras para sentir cerca a quien tienes lejos.

Her, una de esas maravillas del cine que hacen  inevitable que en algunas escenas la emoción se apodere de ti hasta  el punto de querer desaparecer para fundirte en eso que ves, oyes y sientes, nos deja un momento único de conexión espiritual. De trascender el espacio y el tiempo para palpitar con alguien que no puede ni tan siquiera rozarte la mano.

Ya no hay barreras, sólo las que tú te pongas. Hoy se nos está permitido acceder a toda la información que miles de millones de personas comparten desinteresadamente. El arte y la ciencia democratizados hasta límites jamás antes conocidos. La información ha dejado de ser algo que unos pocos vendían o regalaban a quienes querían o como querían para convertirse en moneda de cambio de un interés global y mucho mayor, el beneficio mutuo, desinteresado y compartido de hacer de este mundo un lugar más igual. En el que el acceso a la belleza si buscas belleza es inmediato. Si, también hay horror en las redes, demasiado, como lo hay en el mundo. No matemos al mensajero, sería demasiado sencillo.

Por descontado que en el ámbito profesional hay que rendirse a la evidencia de que las redes sociales no son una moda, ni una enajenación mental colectiva y transitoria, las redes sociales han venido para quedarse.

Vivo conectada y no quiero ni tan siquiera pensar como tendrían que ser las cosas si mi objeto favorito desde hace años, mi Smartphone, desapareciese de mi vida. Vivo conectada y eso no me resta un segundo de presencia cuando de verdad quiero estar presente. Porque no olvidemos que en los momentos en los que el mundo sobra, sobra y punto. La cuestión es cuántos de esos momentos caben en una vida, en tu vida y si eres lo suficientemente valiente como para disfrutarlos o dejarlos pasar. Desde luego, dudo mucho que se le pueda echar la culpa a las redes sociales de la ausencia de esos momentos en la vida de cualquiera de nosotros. Esa no es la realidad, y lo sabes.

Lo cierto es que en este momento de mi vida, en el que muchas de las personas que me importan no están cerca, en el que comienzo a valorar el contacto con algunas mentes inquietas que de no haber sido por las redes sociales jamás habría tenido la oportunidad de conocer, busco estar conectada.

Y como soy pura contradicción y además alimento esa parte de mi, puede que quizás, algún día, dentro de algún tiempo decida desaparecer con la misma libertad con la que ahora elijo estar. Porque todo lo demás sobre. Hoy por hoy, aún con todo lo que tengo y estoy viviendo, decido estar para ti, para el resto.

 

Gracias por seguir ahí.

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