Que ser valiente no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena.

Joaquin Sabina

 

No sé tu pero yo cuando acudo a un curso de formación espero respuestas. Luego, una vez llego, me doy cuenta de que igual tampoco tengo muy claras las preguntas. Pocas veces se han solucionado las dos cuestiones en un mismo espacio. Y desde luego muy poquitas cuidando el espacio, el entorno y a mi. Esta es mi segunda experiencia en el programa Autoridad y Liderazgo en la Era Digital de Leister Consultores. No es sencillo ponerlo en palabras. Es mi reflexión posterior inspirada por todos los que allí estuvimos. Pero he decidido que lo voy a intentar.

¿De qué hablamos cuando hablamos de gestión de organizaciones? Hablamos por un lado de la correcta interacción entre las partes, es decir de que cada individuo ocupe el lugar adecuado para cumplir la función asignada en beneficio de un bien común. Hablamos de la dificultad de encajar adecuadamente el engranaje compuesto por espacio, rol, tiempo y tarea. Hablamos de relaciones productivas entre la autoridad y el sistema como si ésta no formase parte de él. Usamos palabras como innovación, creatividad, liderazgo, comunicación efectiva y feedback. Todo eso está muy bien.

Pero lo que verdaderamente está presente y mueve hilos es esto:

  • La defensa de las ideas propias como estrategia para mantener la propia identidad.
  • La resistencia a desprenderse del ego.
  • La amenaza ante las figuras que avanzan o cuestionan con valentía.
  • La incapacidad para resolver conflictos externos por no identificar o gestionar los conflictos internos.

En definitiva, tenemos el libreto pero nos falta la música. Nos olvidamos de la música. La música es lo que verdaderamente pasa dentro de cada uno de nosotros mientras hacemos, pensamos, decidimos, elaboramos, comenzamos o abandonamos. También es lo que genera dentro de otros, nuestro entorno más cercano, todo eso. Y eso que pasa es lo que queramos o no finalmente va a sumir el control. Eso que pasa es la razón luchando cuerpo a cuerpo con la emoción. ¿Sabéis quien suele ganar siempre, verdad?

¿Qué es la música en las organizaciones?

 

Espacios donde ser valiente no salga tan caro y ser cobarde no valga la pena. Como mencionó en alguna acertadísima ocasión Manuel Seijo parafraseando a Joaquin Sabina. Espacios donde poder hablar de miedo, culpa, inseguridad o todo lo contrario, sin remordimientos.

Porque también es música el miedo que uno siente cuando se le impide participar o tomar la palabra en el mismo instante en el que lo necesita. La soledad infinita cuando no se percibe como alguien tenido en cuenta. La frustración por no poder aportar lo que se supone que tiene que aportar y la culpa que esto genera. Con miedo, soledad , frustración y culpa no se puede innovar, ni crear ni tomar decisiones acertadas o juiciosas. No se puede sentir uno parte de nada porque en el fondo lo que está es roto, desintegrado.

La música es la alegría autenticamente sentida y honestamente explicitada por el logro propio o ajeno, que a su vez lucha con el miedo a aparecer ante los demás como alguien con exceso de soberbia o vulnerabilidad. Música también es el coraje para mostrar la desnudez no como síntoma de exhibicionismo sino como una invitación para que el otro también pueda verse desnudo. Porque así es como hemos venido a este mundo y de vez en cuando está bien recordarlo.

La música también es lo divertido que resulta jugar con las etiquetas que ponemos a otros y el suplicio que provoca reconocer en uno mismo esas mismas etiquetas. La sensación de desorientación total cuando eso sucede. El vértigo que da asumir riesgos frente a la incapacidad y a la certeza de saber que el único modo de vivir es hacerlo. La música es la desazón que provoca en la boca del estómago la lucha de poder entendida como que ceder no es sino un ataque a nuestro ego.

Leer:  ¿Buscas compradores o buscas clientes?

La música también es permitirse desmoronarse como individuo sobre el que construir otro con cimientos más firmes que sustenten un sistema sin fisuras. O estaremos perpetuamente habitando una casa aparentemente ecológica, bonita y acogedora pero resquebrajada en sus bases. Pero no es fácil tener el coraje suficiente para desmoronarse sobre el duro asfalto. Hay que crear ecosistemas que faciliten y permitan el proceso de deconstruirse para volver a renacer.

Y la gestión de las organizaciones va de eso y no de otra cosa. Porque si nos olvidamos de esa parte tal vez estemos sosteniendo organizaciones productivas pero no felices, sostenibles y respetuosas. Sistemas en las que quizás se consiga el éxito pero no el triunfo. Y no nos engañemos, ese modelo es el que en fondo todos perseguimos para que no exista desafección o falta de sentido de pertenencia. No es casual que cada año en todo el mundo más personas estén planteándose dejar empresas que son emocionalmente hostiles para buscar proyectos donde poder ser y sentir además de trabajar.

Y cuando me refiero a emocionalmente hostil no me refiero solo a un lugar evidentemente hostil, que haberlos ‘haylos’, sino a cualquier entorno que no facilite la comunicación emocional. Porque vivir enfrentado a tus emociones es vivir con hostilidad.

Por tanto las empresas felices o las organizaciones que triunfan son las que ofrecen espacios para vivir y compartir las emociones. Lideradas por personas dispuestos también a desnudarse y a sentir con todo el sistema. Líderes emocionalmente competentes que faciliten aflorar el liderazgo de cada uno de sus miembros. Que sepan identificar y gestionar sus miedos, inseguridades, luchas internos, justificaciones y frustraciones. Que permita crear redes de entendimiento donde se ponga sobre la mesa lo que nunca está, lo que no se permite salir pero que todo lo mueve.

Y la formación necesaria para saber gestionar personas va de eso y no de otra cosa. Va de hacer vivir en un torno real, humano e imperfecto la emocionalidad que vive el individuo y la emocionalidad que genera el propio sistema. Va de integrar experiencias porque si no la teoría no se impregna. El dogma está muy bien, pero el corazón no palpita a base de ideas. Lo que cala es lo que se aferra a la entraña.

Así que cuando busques formación sobre crecimiento personal ten en cuenta esto, busca espacios que te recuerden que ser valiente merece la pena. Sabrás reconocer rápidamente una organización valiente y querrás quedarte en ella. Y si no es así, querrás construir la tuya porque ya sabrás como hacerlo. La recompensa es total.

Mi agradecimiento a todo el staff: Diana Wimmerova, Juan Miguel Ruiz Esparza, Juan Carlos de la Osa y Manuel Seijo, director del programa por su sabiduría. Mi cariño infinito a todos los compañeros por la generosidad.

Gracias por seguir ahí.

 

 

 

 

Share This