No deseo que las mujeres tengan más poder que los hombres, sino que tengan más poder sobre sí mismas

Mary Shelley

Hace tiempo que le estoy dando vueltas a la idea de si debo o no meterme a analizar el tema que me ocupa hoy. Hace exactamente el mismo tiempo que ha ganado el “Paula, no te metas en camisas de once varas”. Si soy honesta no tengo muy claro qué me ha hecho decidirme, creo que es la inquietud que me asalta cada vez que quiero dar mi opinión sobre lo que yo entiendo por liberación femenina.

Esta mañana, además, el universo, me lo ha puesto muy fácil. El disparador ha sido  una reflexión que alguien hizo sobre una noticia que publiqué hace días en relación a Donal Trump y Hillary Clinton. Me dije: ha llegado el momento. Y aquí estoy.

Aviso a navegantes, esto no va de política. Para eso conozco a alguien que lo hace de cine. Te invito a que sigas su blog y luego si quieres, me dices si ha merecido la pena la recomendación.

Voy a hablar de hombres y mujeres, voy a hablar de nuevos y viejos clichés. Voy a hablar de la hipocresía que invade casi cualquier conversación donde se hable de sexo y poder. De hombres malvados y mujeres víctimas. De mujeres que juegan a serlo y les va muy bien. Vaya por delante decir que no soy experta en temas de género. Esto no es ningún ensayo sobre machismo o feminismo. Es una reflexión que quiero compartir sobre un tema que por desgracia parece cada vez más polarizado. Así que este análisis parte de lo que veo, lo que leo, lo que observo, lo que escucho y lo que experimento.

La chispa que encendió la mecha fue un comentario que alguien hizo en Facebook en relación a la expresión utilizada por Trump hace un tiempo y que ahora ha salido a la luz publicada en El Pais: “cuando eres una estrella, ellas te dejan hacerles cualquier cosa” . Yo quise hacer constar que no entendía cómo una persona así podía llegar a ser candidato a la Casa Blanca. Alguien contestó que básicamente los dos candidatos eran la misma cosa… Su comentario fue este: “En cuanto a Hillary Clinton está atada de pies y manos porque su marido el Sr Clinton, en fin…”

No sé que puedes entender tú de este comentario. Lo que yo he entendido es esto; Hillary Clinton está desautorizada desde el momento en que decidió continuar al lado de un marido que le había sido infiel. Que mejor se estaba calladita, en fin, ya si acaso le quitamos la palabra y la mandamos a casa.

De Donal Trump no voy a hablar, creo que este miserable no merece ni una sola mención. En la sucia carrera hacia el estrellato que hace meses decidió emprender, él solito se desautoriza cada vez que abre la boca.

En cuanto a su adversaria por la lucha a la Casa Blanca, Hillary Clinton y sin entrar en consideraciones políticas, para mi tiene algo ganado que la diferencia de la mayoría. Algo muy importante. Respeto. Como mujer y como ciudadana para mi es ejemplo. Respeto porque si hay algo que creo que la defina es tener la valentía suficiente como para hacer lo que nadie esperaba que hiciera. Dar más sentido a la lealtad que a la fidelidad. Y eso, para una sociedad tan puritana como la estadounidense es difícil de digerir.

Vaya por dios! Parece que en España, aún siguen imperando esos clichés.

En primer lugar y contestando al comentario que motivó este post ¿Acaso una persona es responsable de la infidelidad de su pareja? ¿Acaso una mujer o un hombre no merecen la libertad de DECIDIR si a pesar de una infidelidad quiere seguir adelante y sostener esa relación? ¿Acaso todo el mundo olvida que en el país más puritano de occidente se lapidó a un hombre por mantener sexo CONSENTIDO con una mujer adulta?

Dilapidado por los medios y partidos más conservadores. Si, esos que defienden la familia católica y la moral y luego practican sexo con sus jefas o secretarias o empleados entre reunión y reunión.

¿Acaso también nos vamos a exigir en jueces de la moral y opinar sobre si el hecho de que Bill y Hilary Clinton hayan decidido continuar con su relación  es reprobable? ¿Hay alguien que piense que ha habido algún tipo de sumisión al macho? Si me permitís, creo que en esta batalla si ha habido un perdedor todo el mundo puede ver quien ha sido. Si no, a los hechos me remito. Dónde está él ahora y donde ella. ¿Por qué permitimos que una decisión de pareja se convierta en cuestión de debate público? ¿Es eso libertad o liberación?

¿Alguien se acuerda de la chica del vestido rojo? ¿Qué pasó con Monica Levinsky? ¿Quien utilizó a quien? Escribió un libro que se vendió por millones. Sentó su trasero en todos los platós de televisión contando con todo tipo de detalle los múltiples usos que se le pueden dar a un cigarro habano.

Todos sabemos que detrás de un hombre con el dinero y el poder suficiente como para comprar la juventud y la belleza de una mujer, hay una mujer dispuesta a dejarse vender. Que lo uno sin lo otro no existiría. Que la venta de sexo a cambio de dinero se llama prostitución. Que obligar a una mujer a mantener sexo con terceros se llama trata de blancas. Pero que cuando una mujer camina colgada del brazo de un tipo con dinero, moral reprobable y maneras de macho alfa, hay dos almas sin escrúpulos encantadas de haberse conocido. Y no me refiero a la compraventa de cuerpos, me refiero el alquiler de almas al mercadeo de principios.

Leer:  Son tóxicas porque viven intoxicadas

No concibo los comportamientos machistas. Es terrible ver como las mujeres en ocasiones somos tratadas como un trozo de carne. Es incomprensible que sigamos teniendo que desayunarnos todos los días con agresiones sexuales, con asesinatos a manos de maltratadores. Es incomprensible que algunas mujeres aún defiendan ideas del siglo pasado. Me revuelve las tripas escuchar conversaciones donde se nos cosifica.

Hace años, al poco de nacer mi hijo Jaime paseaba por un parque con él en su sillita. Me encontré con un amigo del padre de la criatura, una persona con la que había intercambiado a lo sumo 2 frases en toda mi vida. Se asomó al carrito, levantó la mirada y lo que dijo, me quedó grabado aún hasta hoy: “Qué bebé más guapo, ojalá tenga la inteligencia de su padre y la belleza de su madre”.

Y sigue habiendo hombres que actúan así. ¿Qué estamos haciendo mal?

Pero fíjate, el mismo recelo me provoca el feminismo de trinchera. El que mete a todos los hombres en el mismo saco. El que ante un caso como el de Bil Clinton, sólo decide observa una parte de la historia, la del hombre con poder que corrompe y no la de la mujer sedienta de poder dispuesta a lo que sea por conseguirlo. O la de la  esposa engañada que debería dar la patada frente a la mujer que decide continuar pese a todos porque decide separar términos como la lealtad y la fidelidad. Supongo que sabes que no son la misma cosa. Elije y decide, libremente, continuar.

Cuando escucho conversaciones en entornos deliberadamente feministas en ocasiones me he sentido como una extraña. En ocasiones me he llegado a sentir hasta traidora con mis congéneres por el hecho de pensar diferente. Porque cuando veo que la posición ante el machismo es el feminismo más extremo pienso en lo ridículo que resultaría luchar contra el hambre en el tercer mundo propiciando la gula de occidente. Ahí es donde me pierdo y comienzo a no verle ni el sentido ni la utilidad a la lucha.

No me gustan las personas que usan a otras o que se sienten con el derecho de tratar a terceros con condescendencia. Luego, no me gustan los hombres que usan a las mujeres pero tampoco las mujeres que usan a los hombres, especialmente las que además, alardean de ello. Y desde luego no soporto a las mujeres que piensan que tienen derecho a usar al hombre para resarcirse del mal de tantos siglos. Tampoco a los hombres que aún no se han enterado de que ya todos jugamos al mismo juego.

Yo quiero a una mujer libre. Que pueda elegir vivir sola o criar hijos sin una pareja. También quiero que pueda decidir buscar a un hombre por el motivo que sea y gritar a los cuatro vientos lo feliz y completa que eso la hace. Que pueda ser una descerebrada en una reunión de tupersex o adorar al personaje enamoradizo de Bridget Jones sin que nadie le cuelgue la etiqueta de débil o emocionalmente dependiente. Quiero a la mujer que puede reivindicar sin miedo que los desengaños más notables que ha tenido en su vida en cuanto a relaciones han sido con otras mujeres sin riesgo a parecer una terrorista de su propia especie.

Quiero una mujer que cuando decide tener pareja está dispuesta a ofrecer el mismo compromiso y mimo que exige para ella. Me enferman esas frases que circulan por ahí de que solo por ser mujer merecemos esto o lo otro. Un hombre comprensivo, un hombre que te trate como una reina, que te deje ser, que te inspire, que te de sexo del bueno todos los días y sepa cocinar recetas internacionales. Mujeres que abanderan el ser libres y autosuficientes en público pero suspiran por hombres que besen sus pies en privado. ¿Contradictorio? ¿Acaso un hombre no merece lo mismo? ¿Qué nos hace sentirnos tan especiales en relación al sexo opuesto? Somos distintos. Merecemos el miso trato. No superior, no inferior. El mismo.

Quiero a una mujer que se sienta cómoda entre mujeres y entre hombres. Que puede decidir libremente qué decir, cómo comportarse, qué opinar. Que pueda decidir llevar toneladas de rojo de labios o las axilas sin depilar sin que eso signifique para los demás una cosa u otra. Quiero poder hablar de sexo libremente con hombres y con mujeres sin que lo primero parezca una invitación y lo segundo una competición a ver quien tiene el corazón más ¿masculinizado? y ha tenido sexo más veces en una primera cita. Quiero que las diferencias sumen y dejar de competir.

Groucho Marx dijo que él no formaría parte de un club que le tuviese como socio. Creo que ese es mi sino. Yo tampoco me tendría como socia porque me cuesta mucho abanderar una idea, me cuesta mucho posicionarme a muerte en un bando para renegar del otro. Me cuesta mucho no encontrar la contradicción en casi todo. Por eso hasta entonces, creo que seguiré bailando a mi aire. Eso sí, me aseguraré de que la pista sea lo suficientemente grande como para dar cabida a los que se quieran sumar al ritmo, marcando su propio paso. Como lunáticos en la hora bruja.

Gracias por seguir ahí.

 

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