Hace unas semanas tuve una reunión con uno de los profes de mi hijo Alonso. Una de esas en las que ya sabes perfectamente que es lo que te van a contar. En realidad, más que una reunión informativa podría ser una reunión corroborativa. Y no lo digo en tono peyorativo, queriendo desacreditar al profesor, dios me libre, desde aquí le mando un abrazo y mi agradecimiento infinito por haberme ayudado a ver con nitidez lo que antes veía como quien tiene algo en el ojo, con molestia, con incomodidad.
Mi hijo ya tiene 16 años, es decir es casi un hombrecito así que no dejaré aquí constancia de lo que allí se habló en relación a él. Sé que no me lo perdonaría jamás, aunque con la misma seguridad afirmo que hay más posibilidades de que el Madrid gane la liga este año (ya la ha perdido) que de que Alonso lea este post. Tampoco es el estilo de su madre.
En un momento de la conversación el tono cambió. Fue uno de esos momentos en los que si tienes suerte con el profesor, la reunión trasciende el ámbito profesional y el tono empleado es de colegueo, de padre a madre, de “qué me vas a contar a mi que yo no sepa”. Como cuando se comparte información con un igual sabiendo que el otro entenderá cada detalle, integrará cada frase y hará suyas tus palabras.

 

Comenzamos a hablar de esa alteración hormonal y emocional llamada adolescencia. Y me contó una anécdota que llamó muchísimo mi atención. Me comentó que en el colegio, desde hacía años organizan con los alumnos de 14 años una especie de convivencias, si no es esa la palabra, por favor, queridos profes, perdonad que no sea una madre de las que lleva la agenda de sus hijo integrada en el ADN. En fin una de esas reuniones informales entre profes y alumnos en las que se busca indagar en esas cabezas desde la comprensión y la cercanía de un igual. Les preguntan cómo les gustaría verse en un futuro. Les piden que se proyecten a 4 o 5 años vista y que cuenten cuál sería la situación ideal. Cómo se ven o cómo les gustaría verse.
Todos siempre han conseguido imaginar esa situación, la mayoría sólo esperan cumplir los 18 para poder conducir, beber alcohol y tener novi@. Otros, los más maduros, incluso son capaces de visualizar una vida de adulto con todo lujo de detalles.
Hasta ahí nada raro, lo extraño es que desde hace unos pocos años, no recuerdo bien si 3 o 4, cuando hicieron este ejercicio se encontraron por primera vez con chavales que no quieren visualizarse en el futuro. Que reniegan de su condición de adulto en construcción. Que creen que sería mejor volver a cumplir 12 años y estar en casa con papá y mamá que enfrentarse a la mayoría de edad y ya no te digo nada a la edad adulta. A mí me pareció que esta información es mucho más poderosa de lo que podría pensarse y me hizo recapacitar sobre el hecho de que algo estaremos haciendo mal para que un adolescente prefiera descumplir años a cumplirlos. Que ante la idea de una vida llena de promesas, nuevas experiencias y oportunidades, ante la promesa de una vida, en definitiva, prefiera replegar sus alas y volver al útero materno. Prefieren ser niños para siempre.

 

Yo no soy una experta en educación, el hecho de que me dedique a impartir formación a adultos no me incluye en la categoría de profesora, ni muchísimo menos conlleva la misma responsabilidad. Así que lo que voy a escribir aquí es una opinión meramente personal, basada en la revisión de lo que yo he podido hacer como madre, en la observación del entorno y en lo que leo y escucho en relación a este tema.
Por deformación profesional y por convencimiento personal hace tiempo que expongo abiertamente que la formación que se les está dando a nuestros hijos no les prepara para el futuro que les va a tocar vivir. Lo hago en cualquier foro y además lo defiendo con vehemencia.
Es cierto que esa vehemencia en la defensa de esta idea, que por otro lado es compartida por cada vez mayor número de personas, deja a la educación actual en una especie de tierra de nadie donde lo viejo no acabo de morirse y lo nuevo no acaba de nacer.
Antes, años atrás, me gustaba dejarme llevar por la melancolía, quizás tanto cine, tanta música y tanta literatura me hacían añorar esa idea tan de consumo fácil de que cualquier tiempo pasado siempre fue mejor. Desde hace un tiempo, en realidad desde que he tomado más consciencia de todo, me he dado cuenta de que estoy viviendo un momento de la historia apasionante. En el que el ritmo en los avances científicos, sociales y tecnológicos es el más vertiginoso que ha conocido el hombre hasta ahora. Un conjunto de generaciones privilegiadas que han podido disfrutar de lo que representa un cambio de era, no solo de siglo, sino de era.
Te guste o no esto es así. La era de la información, entendida por la información que unos administraban y otros recibían ha dado paso a la era conceptual, donde todos comparten lo que saben. La información fluirá libre y estará al alcance de todos. Millones de personas compartiendo millones de datos. El intercambio de información como moneda social, como flujo de aprendizaje.

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Creo firmemente que es una suerte contemplar eso. Sólo que a mi, esto me ha llegado a tiempo, y en cierto modo creo que soy una privilegiada por haberme sabido adaptar, me refiero a que he tenido los recursos y la experiencia vital necesaria para integrar esos cambios. Yo me pregunto, ¿qué pasa con los chavales que están viviendo una era cuyo sustento social no es capaz de abarcar lo que conlleva?
¿Les educamos para que se hagan las preguntas adecuadas? ¿Les educamos para que tengan el suficiente criterio que les permita discernir entre toda esa información?

 

Tenemos la responsabilidad de ponerles las cosas fáciles, tenemos la responsabilidad de facilitarles ese tránsito. De no hacerles creer que no van a estar preparados, sino de mostrarles que en la era del intercambio de información los recursos de los que van a disponer les van a abrir un sinfín de oportunidades. No puede ser que el único ámbito en el que se siga cuestionando el uso de las nuevas tecnologías sea el ámbito educativo. No puede ser que nadie cuestione lo que los adelantos tecnológicos pueden hacer por la investigación, las energías renovables, la carrera espacial, la medicina o la industria aeronáutica y en cambio se siga cuestionando si el uso de las tecnologías en el aula es aconsejable o no. ¿Aconsejable? ¡Es inevitable, es el futuro, es el presente! Está siendo ya.
Enrique Dans, ese visionario al que sistemáticamente el tiempo acaba dándole la razón en todo lo que escribe, habla de cambiar el concepto de smartphones como arma de destrucción masiva por el concepto ‘flipped clasroom’ o como integrar de manera inteligente el uso de las nuevas tecnologías en el aula.
No quiero que mi hijo crezca pensando que no se le va a preparar lo suficiente. Quiero una sociedad a la altura de las circunstancias porque esto ya está pasando, te guste o no.
Gracias por seguir ahí.

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