Pagaré lo que debo, me dejaré la piel, tengo que encontrar la forma de continuar.

The show must go on

Fredy Mercury

 

 

La vida te da y te quita. En ocasiones, tienes la sensación de que la balanza no oscila demasiado. Otras, piensas, lo que te da no compensa en ningún modo lo que te fue arrebatado. Esos momentos son los que te escupen de vuelta a la vida con el polvo de las alas desdibujado, como una mariposa que ha sobrevivido a un ciclón, desorientada, sin saber muy bien qué camino tomar, volando a un palmo del suelo, aunque volando, al fin y al cabo.

Ahora, que el verano agoniza y deja tras de si una pérdida que ha corrido de nuevo el polvo de mis alas, me siento al ordenador buscando en mi botiquín particular la manera de entablillar el corazón para acabar con este ritmo sincopado.

Se agolpan en mi cabeza los recuerdos de mis épocas duras, las que de verdad me dejaron tocada y hundida. Y debo reconocer, reconozco y celebro desde lo más profundo de mi corazón que no han sido tantas como yo pensaba. Me comprometo desde ya a revisar esta costumbre mía de no temer echarme sufrimientos al hombro o de creer que sufro más de lo que en realidad me toca. Percepción desentrenada.

Han sido a penas un par y han estado relacionados con muertes cercanas que me han dejado el corazón como una niña perdida en mitad de unos grandes almacenes. Todo lo demás, me causa risa ahora, ahora que tengo un alma, que no tenía… como dice Sabina.

Y me doy cuenta de que vivir es como preparar el equipaje para un viaje en avión. Hay un espacio, casi siempre muy reducido donde metes lo más preciado, aquello que bajo ningún concepto quieres perder. Tu equipaje de mano, el que sí o sí tiene que estar siempre contigo por si todo lo demás, falta. Me doy cuenta de que en mi equipaje de mano a lo largo de mi vida, sólo había espacio para la gente. Siempre ha sido así aunque yo no lo sabía. Mi riqueza, es mi gente.

Se han ido dos de mis cimientos dejándome como un holograma, sólo visible gracias a la luz que proyectan los que aún siguen aquí. Ese espacio no lo ocupan otros, tendrá el cartel de reservado para siempre. Se ha quedado ahí, testigo invisible de lo que ya nunca será porque se fue con ellos.

Porque ahora sé que hay heridas que te dejan convaleciente y hay un morirse de golpe aunque tu cuerpo siga respirando. Hay experiencias duras que hacen que todo se ralentice, como a cámara lenta y hay momentos en los que el mundo se detiene, boom, en seco, con un silencio que lo ocupa todo y una negrura que resuena en la sien. Ahora sé que solo se pierde cuando se pierde a un ser querido. Que sólo se sufre con mayúsculas cuando alguien a quien sostuviste la mirada cierra los ojos para siempre.

Y es en ese preciso instante cuando decides replantearte si los papeles están bien repartidos. Si los secundarios, como en las mejores series de la HBO en realidad son los protagonistas. Si el atrezzo es tan importante como en las pelis de Sorrentino o si lo de menos es qué te hicieron sentir y no quien, como los graffitis de Banksy.

Y claro que lo ves, vaya si lo ves. Siempre ellas, ellos, siempre la gente, siempre la piel, unos ojos, una sonrisa, palabras dichas, amor en Din-A 4. Ahora sé que sólo merece la pena llorar amargamente por un cuerpo que ya no vas a volver a abrazar, nunca más. Todo lo demás, me lo precinten y a la bodega, por favor.

En mi equipaje de mano, los que ya están saben que conservarán su sitio aunque se sume alguna nueva incorporación. Todos sabemos que siempre hay espacio para lo que no puede quedar fuera. Una se apaña como fuera, se sienta encima de la maleta para que la maldita cremallera pueda cerrar o vuelve a doblar con sumo cuidado todo lo que hay dentro, con tal de que quepa ese otro tesoro que no vamos a permitir dejar fuera, porque antes de dejarlo en tierra, una se baja del avión.

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Pero todo lo demás, viaja en la bodega. Incluso cosas que yo pensaba que debían de ir siempre en cabina, viajan en la bodega. Irrenunciables, me decía yo, qué falta de visión, qué atropello a lo esencial. Ahora sé que si se pierde, nada importa, siempre y cuando pueda estirar una mano y sentir que mi equipaje de mano sigue pegado a mi.

Y cuando la rutina te escupa de nuevo a la vida, y te sientas arrugada como una blusa lavada en un programa demasiado caliente, y sientas los deseos de volver a perder tu energía sufriendo por tonterías, estará bien recordar que todo eso tan importante hoy, quizás no lo sea tanto. Entonces ve a buscar tu equipaje de mano.

Incluso aquello que te parece la quintaesencia de lo mejor. No te aferres a nada, salvo a la calidez de un abrazo. Que hay trabajos que seguramente podrían hacerte mucho más feliz que el tuyo por más que sientes que tienes el mejor trabajo del mundo, eso ya lo sabes.

Que hay ciudades en las que te sentirías mucho más cómodo que en la que vives por más que ni te plantees que eso sería posible. Incluso hay películas que se rodarán o libros que se escribirán que podrían sustituir a tu novela favorita o que podrían reconciliarte con la vida de un modo más extrañamente perfecto que esa peli a la que vuelves un año y otro. Sí. Y sin todo ello, podrás seguir y casi, si me apuras, podrás seguir como si nada.

Ya lo sabes, ¿verdad? Se nos mueren, todos los días, en todas las familias, en todas las ciudades, salas con olor a ambientador, lágrimas de alquitrán, ojos que no miran, manos sosteniendo cafés que no se beben y Klinex que se desintegran entre los dedos. La lluvia deja de serlo cuando toca el suelo, las flores dejan de serlo cuando se atan con cintas que dicen “en recuerdo de tus padres que no te olvidan”.

Y la vida sigue pero ya no lo hace de la misma manera porque percibes cada segundo como un regalo que ni mereces. Sientes que debes hacer justicia poética y tomar el testigo de lo que al otro le arrebataron, vivir el doble, con más intensidad, apoderarte de esa energía que quien se fue dejó, cuando decidió, que esta dimensión era solo para los que en ocasiones seguimos caminando a cuatro patas. Y entonces sientes una pena enorme por quienes no saben mirar hacia lo esencial.

Y toca sonreír por lo que fue y acariciar los recuerdos y establecer un dialogo de a dos aún cuando estás sola. Improvisar un pequeño altar, con una foto, una cinta para el pelo y un clip. Toca recomponerse y agradecer haber formado parte de su vida aunque fuera un minuto. Toca meterse en el mar, sentir el agua entre los dedos y querer ser ola y espuma para volver a sentir ese abrazo. Toca tumbarse bajo un árbol para escuchar su voz entre el murmullo de las ramas. Toca vivir amplificado para mantener vivo su recuerdo.

Toca buscar el consuelo y el calor de quienes siguen estando en tu equipaje de mano, y lo demás, lo demás, por favor, me lo precinten y a la bodega.

 

Gracias por seguir ahí.

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