“La mente (energía) y el cuerpo (materia) están relacionados de una forma similar aunque la medicina occidental ha tratado denodadamente de separarlos durante cientos de años”

Bruce Lipton

Esta semana le cedo mi espacio a Mónica Rodriguez, bióloga, coach y compañera. Este artículo sobre genética y epigenética es un resumen de la espléndida tesis que elaboró para su Certificación como coach con Escuela Europea de Líderes bajo el título “ El coaching como práctica de intervención en la prevención de la enfermedad y su evolución”

 

¿Y a quién, no?

A quién no un buen día, su cuerpo le ha dicho basta ya. Que levante la mano, quien no se ha encontrado alguna vez con la complicada papeleta de dar respuesta al ¿qué me está pasando? Y no digamos ya, con la tremenda confusión que se abre ante nuestros ojos si queriendo ir un poco más allá, decidimos sumergirnos en el ¿cómo he llegado hasta aquí?

Acertamos a describir donde nos duele; la sensación  que notamos o, por ejemplo, que de la noche a la mañana ha aparecido en nuestro cuerpo un inocente bulto que si bien en muy pequeño tiene el suficiente poder de convocatoria como para hacer que nos salten todas las alarmas. Y entonces, como avezados Sherlock Holmes nos ponemos manos a la obra con nuestras pesquisas.

Para nuestro desconcierto, aparentemente no hay nada que justifique semejantes hallazgos. Una dieta equilibrada; algo de ejercicio físico; un poco de atención a la piel y, hasta acudimos a nuestros chequeos periódicos cual obedientes soldados. Pero la realidad es que aun así, aun cumpliendo con todo lo que los santos cánones marcan, nos encontramos mal.

Aunque no siempre, podemos llegar a sentirnos invadidos por un maremágnum de síntomas, que en palabras de alguna eminencia médica, no conforman ningún cuadro clínico conocido. Pero sea como fuere, lo que si es cierto es que se han apoderado de nosotros en una conquista tan poderosa como para llegar a arruinar a veces, nuestras ganas de vivir.

Entonces miramos a nuestro alrededor y fijamos nuestro foco en fulanito, que parece que está hecho para caer y seguir levantándose. Es un luchador nato que se agarra a las cuerdas del ring para ganarle la batalla a todo lo que le venga. O bien, menganito que parece un estratega. Conserva la calma cuando los demás la pierden y parece que reservase fuerzas para en un determinado momento salir propulsado cual avión a reacción. Como si la batalla fuera para él, ya pan comido.  Como el ratón que observa de lejos el rico queso y aprovisiona fuerzas mientras aguarda el momento propicio de correr en busca de tan sabroso bocado. Y otros, bueno…otros, extienden su mano buscando apoyo para salir adelante. El apoyo de su entorno más cercano.

Pero que caray, dejémonos de mirar alrededor y volvamos a lo que nos ocupa; a nosotros. No nos encontramos bien. Nuestra salud se resiente y no sabemos por qué.  ¡Qué bien estamos cuando estamos bien!, pensamos. Cuanto daríamos por recuperar la salud. Como cuando vamos al peluquero, buscando un cambio de look. Eso es. Lo que ahora, nos vendría de perlas sería justamente eso; un cambio de look interior. Un peinado y acondicionado. Pasar por las manos de un estilista interior.

Hemos venido escuchando que somos lo que comemos y que el que compra papeletas tiene más oportunidades de que le toque. Y también hemos llegado a oír que somos los que pensamos y sentimos. Cierto es que podría influir en algo pero, ¿tanto como para ocasionarnos una enfermedad?

Además, hemos crecido bajo la creencia de que nacemos con un destino. Asumimos que llegamos a este mundo con un activo ejército de genes que muy generosamente nos transmiten nuestros padres y que son lo que manejan el cotarro. Así que, dejémonos de tonterías. Parece claro que el trastorno que nos aqueja ha venido, porque tenía que venir. Porque como diría jocosamente Bruce Lipton al hilo de la nueva visión sobre el control de la vida basado en la epigenética; nuestros queridos genes han decidido invertir su pulgar para adjudicarnos un castigo. Y visto así claro, mejor apechuguemos con lo que nos ha tocado y asumámoslo con resignación. No sea que estos minúsculos mandamases heredados, se revelen de verdad y nos embarquen a nuestro último viaje.

Por eso se nos hace tan difícil de comprender lo que sobre la enfermedad, nos adelanta Carl Jung. Es un seguro de vida y viene a curarnos. Un programa que se desencadena en el momento en que se ve comprometida nuestra supervivencia. Enfermar es para nosotros como meter el turbo mientras vamos circulando por la estrecha vía de la vida. El turbo que nos saca del atolladero, en una carretera estrecha, sinuosa y flanqueada por un precipicio y en la que por niebla no vemos a los que nos vienen enfrente.

Entonces, si la vida fuese simplemente una película con comienzo y fin establecidos según un estricto libreto que no admite ningún tipo de modulación por nuestra parte, ¿qué papel le queda a la emoción? Porque como nos dice Antonio Damasio, lo que precisamente da sentido a nuestra existencia es la oleada de emociones que animan a diario nuestro cuerpo.

¿Y a la mente? ¿Qué capacidad de maniobra le ha sido dada a la majestuosa mente que como nos dice Mario Alonso Puig, nos acaba mostrando aquello que nuestro corazón quiere sentir? Esa que es tan sofisticada como para regalarnos algo tan bonito como la capacidad de sentir y a la vez, ser conscientes de lo que sienten los demás. La misma que nos ciega lo suficiente como para que cuando una emoción nos incomoda, cortar por lo sano. De la manera que haga falta. Si hay que reprimirla se reprime; si hay que negarla se niega. No me permitiré llorar en público. No demostraré que me hace daño. No daré una negativa a una petición.

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Una emoción que se genera en nosotros y que necesita expresarse. Y no nos engañemos, acabará haciéndolo. Como la energía, que ni se crea ni se destruye simplemente se transforma. Por qué no en vano, lo es.  La emoción es una energía. Y si no, ¿quién no ha experimentado buenas o tan buenas vibraciones ante algo o alguien? Una energía que en su pugna por salir, a veces, no conduce a enfermar.

Y así cegados por el desconocimiento, acabamos engullidos por el estrés de no encontrar razón a lo que nos pasa y literalmente enchufados a un shock.

Le hemos pedido encarecidamente a nuestra consciencia que nos ayude a resolverlo. A ella que por ser vigilante y creativa, nos hace libres. Eso sí, nos cobra el peaje de requerirnos un esfuerzo de atención. ¿Cuántas veces hemos tratado de poner a prueba a nuestra voluntad con respecto a un dulce, por ejemplo? Al fin y al cabo,  un peaje asumible por que nos ofrece la posibilidad  de ante un comportamiento, intervenir, detenerlo si lo creemos oportuno y crear una nueva respuesta. Así que segadora en mano, nos aventuramos a intentar desbrozar el matorral de nuestros desvelos con el firme propósito de llegar a verlo despejado. Sin embargo, no siempre da resultado.

Y entonces, nos lanzamos a la desesperada. Acudimos a la veloz inconsciencia y nos subimos a la segadora automática. Sí, mucho más cómoda en efecto pero ¿a coste de qué? De ser secuestrados. En manos de nuestro inconsciente, nos dejamos arrastrar por la corriente una y otra vez. Como el vinilo que gira y gira bajo la aguja del tocadiscos.

Un vinilo plagado de creencias que trabajan incansablemente ya sea a nuestro favor o en nuestra contra. Para incidir sobre la paleta de colores que empleamos cuando infundimos tonos a todo lo que nos sucede. Para ser la piedra angular en la batalla que establecemos queriendo gritarle al tocadiscos para que suene otra canción cuando,  no nos gusta la que suena. Combate perdido antes ya antes de saltar al ring porque el inconsciente no puede ser controlado. Solo reprogramado.

Pero tampoco es cuestión de cargar contra nuestra inconsciencia. Precisamente,  porque ella es la heroína de la historia. La que nos desenchufa del shock. La que hace saltar el automático cuando nuestros fusibles están ya dándolo todo. Cuando estamos en un umbral próximo al peligro de muerte. Y lo hace, curiosamente, de la manera más lógica. Minimizando nuestro gasto energético. Nos apaga el sistema inmune entonces, enfermamos. Enfermamos para, precisamente, no morir a la primera de cambio.

Y como diría un italiano “tarde piache”. Ahora que la enfermedad ya existe, nos hemos dado cuenta.  Nuestro estilismo interior, ¿dónde ha quedado?

Con lo bien que nos hubiera venido el tenerlo en cuenta para llegar a descubrir que en el fondo de nuestro malestar, subyacía una emoción generada por un conflicto interno. Para desenterrar la historia oculta que había detrás de la historia. Para dejar de sentirnos gobernados y víctimas. Para tomar el control de nuestra salud sin  perder de vista a aquella emoción que de manera discreta y desde el fondo del valle, fue trepando silenciosamente aguas arriba para llegar a destaparse, bajo la forma de un ¡basta ya!

Pero no, en esta primera vez no lo hicimos. Hemos lidiado con el malestar confiando en que un dolor físico claudicaría tarde o temprano con fármacos. Sin caer en la cuenta, que tal vez fuese lobo disfrazado de oveja. Tal vez fuese un dolor emocional. El que se cura con palabras.

Y como de nada se aprende más que de lo sufrido en propia carne, hemos aprendido. Está claro. Oliendo el humo, sabremos  de la hoguera. Así que para la próxima, ante el menor aroma a chamusquina, le abriremos la puerta al peluquero de nuestro interior.

¿Y tú, como vas de estilismo interior?

 

 

 

 

 

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