Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma

Julio Cortázar

No es fácil celebrar una victoria cuando se tiene sensación de pérdida. Querer que suenen los tambores cuando lo único que se escucha muy dentro es música de chelo que arranca lamentos. Es lo más parecido a dejar de respirar de manera voluntaria cuando lo único que quieres es aferrarte a la vida. Es como poner la vista en el cielo mientras toda tu vida depende del siguiente paso que des.

Sucede, que hay ocasiones en que la conquista de uno mismo, va desdibujando la parte de tí que durante un tiempo te ocupó casi en tu totalidad. Esa que hoy te muestra como en un libro abierto que la escala de grises no siempre fue una gama de colores, que también pudo ser una manera miserable y egoísta de darte a los demás. Deseando lo que no tenías, exigiendo lo que ni merecías. Ofreciendo lo que no era tuyo ni te pertenecía. Mirando sin ver. Palpando sin tocar. Queriendo sin pedir. Anhelando sin actuar.

Hasta que una mañana abres los ojos y te despiertas en un cuerpo ajeno, y decides que la vida tiene que ser algo más que eso. Que la belleza tiene que estar más cerca de lo que piensas, que estar enamorada de la vida y cuanto hay en ella, por fuerza ha de ser otra cosa. Y ese día decides derramar todo eso que sabes que tienes sin llevártelo todo por delante. Decides ser un tsunami en una coctelera. Con miedo a no desbordar. Porque quieres que los peces de colores y los arrecifes de coral no se cieguen con la arena que inevitablemente vas a remover.

Pero descubres que eres océano y viento. Y comienzas a recordar el momento en el que el oleaje pudo ser tan violento como para resquebrajar el barco. Y ya ni sabes en qué momento decidiste saltar al mar olvidándote de quienes te acompañaban en el viaje. Y pensaste que quizás podrían achicar todo ese agua con dedales. Mientras tú naufragabas en la tormenta más seductora a la que jamás te habías enfrentado.

Y comienzas a recordar el momento en el que brazada tras brazada quizás te alejaste demasiado, las veces en las que no prestaste la atención suficiente como para ver lo agotados que podrían estar quienes permanecían remando. Tratas de recordar los instantes en los que no supiste ver que la tormenta ya no estaba en ti, pero que seguía azotando al barco a un ritmo frenético mientras tu deambulabas por el fondo como una sirena de mar, jugando con las corrientes, haciendo piruetas entre bancos de peces.

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Y crees que has perdido tu condición de humana, sin darte cuenta de que lo eres más que nunca. Y cada vez que te sorprendes añorando la compañía que decidiste aparcar por un tiempo, la sirena que te habita se ríe orgullosa, vanidosa y te recuerda que puedes seguir flotando hacia ninguna parte, sólo un poco más. Hasta que hayas aprendido a respirar sin usar tus pulmones.

Ocurre que un segundo en el fondo del mar puede ser una eternidad en la superficie. Y un buen día decides emerger para contar a todos lo bonito que fue explorar las profundidades y descubrir todo un mundo sorprendente y prodigioso. Pero cuando llegas a la superficie, el barco ya no está. Ni tan siquiera puedes verlo con tus ojos de humana y entonces aparece el miedo. El pánico a ahogarte que antes no tuviste. Aparece la angustia. Y sientes que el viaje ha sido demasiado largo. O que has estado sola demasiado tiempo.

Y entonces acuden a tus oídos las señales de auxilio que no escuchaste, las caras de temor que no viste y solo quieres parar el tiempo. Rebobinar los días, las horas. Solo piensas en que quizás hubieras podido salir a la superficie de vez en cuando para asegurarte de que lo que dejabas seguía sano y salvo. Solo piensas en cómo te hubiera gustado no cortar el ancla. Sólo piensas en que tal vez no supiste explicar que tu decidiste abrirte paso, ser la exploradora pero que jamás deseaste quedarte el descubrimiento solo para ti.

Y lamentas no haberlo hecho de otro modo, y te desesperas porque la conquista fue sólo a medias. Así que solo te queda descansar en la orilla, agotada, confusa. Preguntándote qué no supiste calcular, qué faltó o qué hubo en exceso. Hasta que te duermes sumida en tu propio llanto y las luces del alba te susurran que era esto. Que en realidad, la conquista se trataba de esto y que nadie vuelve de una batalla como estaba antes de entrar en ella. Y haces las paces con todo. Y comprendes el verdadero sentido de la palabra conquista. Y te sumerges de nuevo, salpicando las paredes de espuma.

 

Gracias por seguir ahí.

 

 

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