No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tu, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Augusto Monterroso (El decálogo del escritor)

La frecuencia con la que te haces preguntas es directamente proporcional a la velocidad con la que avanzas.Y la velocidad a la que tú avances será inversamente proporcional a la capacidad de la sociedad para involucionar.

Yo no sé tú, pero últimamente tengo la sensación de que esta sociedad nuestra actúa demasiado despacio ante la voracidad y virulencia de acontecimientos intolerables. Como a cámara lenta, una mezcla terrible y estremecedora de cine mudo y modernos subtítulos en cientos de idiomas que no despiertan más que titulares aparatosos y comentarios tan inútiles como bien intencionados en las redes sociales.

Así que si hace tiempo que tienes la sensación de que estás demasiado clavado al suelo, de que el inmovilismo comienza a ser algo insoportable, como en esas pesadillas en las que por más que te esfuerzas hasta la extenuación no eres capaz de arañar apenas unos metros al camino que aún tienes por delante, recapacita cuándo fue la última vez que te hiciste alguna pregunta.

Cuándo fue la última vez que el mero hecho de visualizar el signo de interrogación te ha hecho sentir un frío intenso recorriendo la espina dorsal. No voy a caer en el error de pensar, ni mucho menos escribir, que una pregunta puede salvar una vida.

No, en estos días vergonzantes en los que las palabras “salvar vidas”, así, como si fuesen solo una, adquieren una literalidad difícilmente digna de ser objetada. Una pregunta difícilmente salvará una vida, pero podrá despertar en ti la conciencia adormecida de quien no soporta el hecho de que otros pierdan la suya de una manera tan injusta como arbitraria. Quizás tú al igual que yo no sepas qué hacer ni cómo hacerlo pero y sí te preguntes al menos ¿Hasta cuándo? ¿Cuánto tiempo más puedo tolerar este orden de cosas sin al menos tomar partido de una forma u otra?

Así que hoy escribo para recordarme a mí fundamentalmente, que transitar la vida sin cuestionar cual es la posición que quiero ocupar en el mundo en relación a lo que sucede puede ser lo más parecido al infierno que describió Aldous Huxley como soñado y futurible paraíso en Un mundo feliz:

“Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, pero sería básicamente una prisión sin muros en la cual los presos no soñarían con evadirse. Sería esencialmente un sistema de esclavitud en el que gracias al consumo y al entretenimiento, los esclavos amarían su servidumbre

Gracias a mi profesión conozco bien el poder transformador y movilizador de una pregunta. En mi trabajo, trato de hacer preguntas que hagan reflexionar a las personas sobre cómo lograr eso o aquello. En ocasiones, cuando el universo conspira, incluso hasta podría producirse el hecho de que una pregunta pueda desmontar una creencia o abrir una ventana en un lugar donde solo había un muro tapiado. Las preguntas suelen ir enfocadas a buscar opciones que acerquen a mis clientes a un objetivo concreto y previamente definido.

Pero hoy decido no escribir sobre objetivos ni sobre la búsqueda de la felicidad. No voy a escribir sobre qué preguntas deberías hacerte para mejorar tu asertividad, desarrollar tu gestión emocional o hacer aflorar tu talento. Estoy muy alejada de eso hoy.

Quizás sea porque el umbral del dolor se mida con el mismo mecanismo que utilizan esas atracciones de feria en las que dependiendo de la intensidad con la que golpees con el martillo el péndulo sube o baja. El mío hoy ha subido tan alto que se han encendido las luces de neón. Sólo que en ese caso no dicen ‘premio’, sino DESPIERTA

Escribo porque no encuentro otro modo de sacarme los colores. Escribo también para tratar de comprender hasta dónde podría llegar el marcador si el martillo sigue golpeando fuerte. Escribo para tratar de descifrar cómo y cuándo lo que antes escocía ahora se ha convertido en una molestia que incomoda pero adormece, que duele pero se acomoda con otros pensamientos, que me vapulea pero no me hace perder el equilibrio. Escribo sobre mi incapacidad para tomar al menos una sola decisión que me haga sentir que al menos, hago algo distinto.

Lo hago porque creo que estamos en un momento en el que o yo me equivoco mucho, o el interés general debería de estar por encima del particular. Que quizás ha llegado el momento de dejar de mirarse el ombligo y sacudirse las preocupaciones banales. Porque lo cierto es que ahora en este mismo instante es posible que personas desvalidas y temerosas estén ahogando sus vidas en las playas de Grecia. Es más que probable que familias enteras o partidas por la mitad estén siendo deportadas de nuevo al horror del que acaban de escapar.

Y pienso, ¿te acuerdas de la guerra de los Balcanes, verdad? ¿Te acuerdas del genocidio de Ruanda? Imposible olvidarlo, fue antes de ayer… Recuerdo lo que pensé cuando vi la despiadada Hotel Rwanda, interpretada de manera inmensa por Don Cheadle y sólo recomendada para mentes que estén dispuestas a sufrir un ratito en mitad de los quehaceres diarios. Recuerdo que pensé; ¿Cómo pudimos dejar que eso pasara?

Estamos igual o peor, porque todo se repite. Otra vez la maldita frecuencia. Se repite en un insultante y humillante cortísimo intervalo de tiempo, ni tan siquiera ha habido un relevo generacional. Así que no sé, quizás necesitemos, yo al menos necesito, hacerme  preguntas sobre qué es lo que espero de esta sociedad y qué retos plantear para cambiar la deriva de este mundo herido de muerte.

Abraham Maslow, uno de los fundadores de la psicología humanista, hace ya algunos años quiso contarle al mundo que la satisfacción de las necesidades más básicas o subordinadas da lugar a la generación sucesiva de necesidades más altas o superordinadas.

Es decir, Maslow defendía la idea de que las personas sienten deseos más elevados de autorrealización cuando sus necesidades básicas, de seguridad, aceptación social y autoestima están cubiertas.

Bien, en ese nivel de autorrealización recogía conceptos como moralidad, espontaneidad, falta de prejuicios o necesidad de trascender. Ningún texto lo recoge o yo no he sabido encontrarlo pero me atrevería a pensar que Maslow también hablaba de espiritualidad en ese último nivel de autorrealización. De comunión del individuo con el mundo que le rodea, de hermandad y bien común.

A mi mente o mi mapa mental, para ceñirme un poco al protocolo, le cuesta imaginar un nivel de autorrealización en el que el deseo de un bien mayor al individual no esté presente. Y no sólo el deseo sino la intención de hacer que ese deseo se cumpla.

Así que imagino que Maslow se revolvería en su tumba si pudiese comprobar que, sociedades que hoy tienen todas sus necesidades básicas cubiertas, que individuos como yo y otros muchos que conozco aun teniendo sus necesidades básicas y superiores conquistadas, no son capaces de hacer nada para pisar firme ese último escalón de la autorrealización con mayúsculas.

Creo que estamos perdidos como sociedad si nos encerramos en nuestra burbuja, empeñados en escalar peldaños hasta cimas sobre las que izar banderas que ya no sabemos ni si quiera qué van a representar. Donde los principios morales no sólo sean irrenunciables sino el motor que mueva a acciones concretas que eviten que sean pisoteados.

Este post es una reflexión en voz alta sobre mi relación con el conflicto de los refugiados. No tiene ninguna intención de aleccionar ni por supuesto ofrece soluciones. Es una reprimenda que dirijo a mi. He decidido compartirla por si te sirve a ti.

Y no, a pesar de que me hago preguntas con frecuencia, aún no he encontrado la que me dé una respuesta a la altura de las circunstancias. Pero no voy a parar porque lo que es seguro es que vivir con la venda en los ojos nunca ha evitado que en realidad pueda ver. Que no soy la única ciega, también lo sé.

Y como siempre y único asidero; la esperanza. Hay personas que sí hacen cosas. Miles de voluntarios que han decidido hacer de esta causa su credo. Para todos ellos, estas palabras de Silvio Rodriguez que uno a las mías;

Si no creyera en la balanza, en la razón del equilibrio

Si no creyera en el delirio, si no creyera en la esperanza

Si no creyera en lo que agencio, si no creyera en mi camino

Si no creyera en mi sonido, si no creyera en mi silencio…

 

Gracias por seguir ahí.

 

 

 

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