¿Quién no ha fanteseado alguna vez  con la idea de ser rico? Multimillonario, para ser más exactos, o al menos muy millonario, como dice un buen amigo. Todos en algún momento de la vida hemos soñado con  la idea de poder viajar sin preocupaciones de tiempo ni dinero, de habitar casas espectaculares o de poder dormirse cada noche sin un solo pensamiento dedicado a lo que has gastado o a lo que te queda…. Ni una sola noche de tu vida con esa preocupación. Suena genial, ¿verdad?

Seguramente  en algún momento habrás pensado que si te diesen la oportunidad, la verdadera oportunidad de pedir un deseo, pedirías ser rico, acabar con las preocupaciones sobre tu bienestar y el de toda tu familia. Y quizás en un listado de cosas a conseguir, escribirías sin complejo y con convicción, tener mucha pasta en un lugar bien destacado del inicio de esa lista.

Es lícito, es genial, pero déjame decirte algo, no es tu prioridad. Tengas o no una hoja excell para calcular tus gastos e ingresos. Tengas o no una relación más o menos saludable y ordenada con el dinero, lo que es indudable es que si en tu cuenta corriente no aparecen todos los dígitos que te gustaría ver  y no tienes ya un plan de acción para remediar eso, si no estás trabajando en ello, como dijo una vez un señor sentado en una mesa  de reuniones en algún lugar de Texas, es que no es lo más importante para ti.

Así que deja de pensar  que quizás seas  un pusilánime sin ambición cada vez que tu cerebro se empeñe en jugar contigo haciendo la comparativa entre lo que tienes  y lo que sería mejor tener  en términos monetarios y dile a esa masa gris impertinente que deje de acosarte porque en realidad, a ti ser rico o no te la trae al pairo. Y responde a esta pregunta: ¿Cual es la historia que te contaste para conseguir lo que no querías?

Porque tal vez te guste más viajar en Blablacar que poseer un Porsche Cayenne. Quizás prefieras poder tumbarte en cada trozo de hierba que encuentres a tu paso que poner verjas a un perímetro arrancado a una finca rústica recalificada. Puede que prefieras organizar un picnic sobre una manta con siesta bajo las nubes a reservar mesa en un restaurante de 34 tenedores y 20 aparcacoches. O quizás en este preciso instante estés decidiendo deshacerte de tu hipoteca para vivir de alquiler en una pequeña isla del pacífico. Puede que no necesites tanto para tenerlo todo.

O puede que sí pero entonces, algo estás haciendo mal.

Porque para conseguir tener dinero, mucho dinero hay que estar enfocado solo en eso, y nada más. Al igual que para conseguir ser escritor, músico o investigador has de poner todo tu foco y toda tu energía en tocar, componer, estudiar, investigar, escribir y escribir y escribir 24 horas al día 7 días a la semana. Sin condiciones, sin condonación de la deuda, haciendo de corazón vísceras y olvidándote de ti para finalmente ser más tú que nunca.

Bill Gates lo dijo así de claro, sin miramientos “ Si has nacido pobre no es tu culpa pero si mueres pobre, si lo es” Steve Jobs, en cambio, recurre a una frase un pelín más sutil “ Si un joven está reuniendo gente para hacer un negocio millonario, CREELE!”. Y mucho más taxativo se muestra Jim Roth cuando dice “La mayor recompensa de convertirse en millonario no es la cantidad de dinero que se obtiene. Es el tipo de persona en que te tienes que convertir para llegar a serlo”.

Al final el mensaje es el mismo, sólo serás millonario si trabajas cada día para conseguirlo, si pones todos tus esfuerzos y todos tus recursos al servicio de ese deseo, de ese objetivo. Solo serás millonario si lo único que quieres en este mundo es ser millonario.

Leer:  La delgada línea entre la ambición y el camino de no retorno

Y como esto, permíteme  decirte que todo lo demás.

Te sugiero que dejes de decirte que quieres ser director de cine si aún no te has permitido coger tu Smartphone de última generación ni has intentado convencer a tu mujer o a tu mejor amiga para que hagan de protas en un corto casero. Deja de decir que sueñas con  ser bailarina si no estás dispuesta a pasar todas las horas del día ensayando sobre una barra y a vendarte los pies tras cada jornada de entrenamiento. Deja de decir que quieres ser escritor si aún no has dado a nadie la oportunidad de  leer todas esas hojas manoseadas que escondes por los cajones de tu casa. Deja de decir que quieres ser médico si no estás dispuesto a dedicarle las horas de estudio que esa profesión necesita o a manejar cada pérdida  de un paciente como si fuese una amputación de una parte de ti.  Deja de decir que quieres ser una empresaria de éxito si no estás dispuesta a asumir riesgos, a tomar decisiones críticas con información parcial, o a hacer elecciones que puedan afectar a otros. Olvida esa idea si no estás dispuesta  a reponerte de un fracaso y a hacerlo en menos tiempo del que emplearías en comenzar a lamentarte.

Una vez te hayas repetido esto, una vez lo hayas recitado como una letanía pueden pasar dos cosas. O que te des cuenta de que estás viviendo una vida de prestado y  te preguntes en qué maldito momento has renunciado a tu sueño. Cómo ha podido ser o a cambio de qué. O puede que realmente descubras todo la energía que has empleado en  perseguir algo que no quiere ser encontrado y de paso te regales el descubrir que ya está, que tienes lo que querías, que no hace falta más, que te puedes dar un respiro, por fin.

De un modo u otro quizás agradezcas el haberte parado a pensar quien narices eres, qué estás haciendo con tu vida o qué vas a hacer a partir de ahora. Tumbarte en la hierba a ver pasar las nubes o encerrarte en un garaje a construir un imperio.

Gracias por seguir ahí.

Share This