Hoy me gustaría  comenzar  este diálogo entre tu y yo que ya empieza a ser frecuente contándote una historia. Una historia real.

Había una vez una mujer colgada de una sonrisa. Sonreía con los labios, con los ojos, con las manos, aquella mueca que desbordaba todo su cuerpo era más que una invitación a acercarse. Era un reclamo para permanecer, sobre todo para todo aquel que gusta de “las personas hogar“,  esas que te arropan sólo con una mirada y te tienden una taza de café caliente con cada palabra que pronuncian.

Hablaba rápido y se movía con gracia. Sí, me recordaba a los coches de choque que siempre tienen la chispa encendida y por eso van y vienen y no se detienen. Y ella, con su chispa que era casi una bengala, iba y venía y nunca se detenía, quizás queriendo apurar el tiempo por si el viaje no cumplía la duración acordada viéndose obligada a abandonar la pista mucho antes de que ella decidiese que ya se había acabado la diversión.

Aquel espectáculo de risas, luces y movimiento escondía un secreto. Estaba enferma, desde hacía muchos años el motor encargado de encender la chispa y engranar sonrisas a ritmo de sístole y diástole no funcionaba como debería, todo aquel torrente de energía, trabajando bajo mínimos ¿te lo puedes creer?

Tenía una enfermedad crónica, diagnosticada desde niña. Pero además, había sobrevivido a un sinfín de problemas de salud, complicaciones agravadas con marcadores descompensados  y qué se yo! Sí, ella había conseguido superar episodios de esos que superan las expectativas más halagüeñas de los médicos y que se convierten en amargas y malnacidas credenciales cuando uno decide recurrir al sentido del humor para presentarse ; “sí, aquí donde me veis, estoy viva de milagro”.

Y si, estaba viva de milagro pero a ella le gustaba vivir al filo, o eso creía o a eso jugaba o era lo único que sabía hacer. Porque reconoció que lo que más le angustiaba era no entender cómo habiendo tenido a la suerte todo el tiempo de su lado, no hacía nada por hacer que esa suerte tuviese al menos al aliado que cabría esperar. Ella misma y su compromiso y su responsabilidad para con su enfermedad. Vivía como si habitase un cuerpo que no le pertenecía, queriendo huir de aquello que le permitía existir.

Se descuidaba, no hacía caso de las indicaciones de los médicos, no cuidaba su dieta, ni trataba a su cuerpo con el mimo y el extremo cuidado que requería. Y lo peor y más frustrante de todo, no sabía por qué se comportaba así, no se lo explicaba.  Quería pero no podía o no sabía. Siempre fallaba a sus compromisos. Siempre acababa tirando sus promesas a la basura junto con los embases de comida rápida. Era muy consciente de que no era bueno para ella pero no era capaz de dejar de traspasar constantemente la delgada línea que separa el ser un suicida con el hecho de no prestar demasiada atención a los problemas a ver si así desaparecen…

Era sábado por la mañana y estábamos en el aula, ella se estaba formando para ser coach y se ofreció a prestarse de voluntaria para que los demás pudieran ver una sesión real de coaching. Ella sería la coachee y los alumnos le harían preguntas al hilo, que yo iría supervisando para tratar de ayudarla mientras practicaban.

La sesión comenzaba a ser frustrante porque ella, como la mayoría de los coachees era esquiva, no lo ponía fácil. Esto sucede porque la consciencia suele ser dolorosa y los seres humanos tratamos todo el rato de huir del sufrimiento por más necesario que a veces sea encararlo. Y aunque los alumnos se esforzaban tremendamente en ayudar a su compañera y algunas preguntas eran realmente buenas y la hacían reflexionar , no era suficiente, no conseguían dar en la tecla adecuada.

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Hasta que en un momento se produjo la magia ese momento en que la persona descubre y deja salir algo que llevaba queriendo ocultar demasiado tiempo. Esa lucha tan descompensada y encarnizada que se vive dentro cuando la realidad que uno vive no es la realidad que uno quiere. Y aparece la consciencia, y descubres que ya fue suficiente. Que ya no más batallas.

Ella no quería estar enferma y su mecanismo de defensa, decidió que lo más apropiado era no asumir que lo estaba. Y por eso no se cuidaba porque eso sería de algún modo admitir que era una enferma de manual. Fumar, comer de manera poco saludable, hacer esfuerzo físico más allá del que su cuerpo era capaz de aguantar, era la manera de demostrarse y demostrar que aquella máquina de carne y hueso respondía, que todo estaba bien, aunque en el fondo supiese que no lo estaba.

Y que por el contrario, llevar una dieta y tratar de seguir una vida sana y ordenada era darle la razón a los médicos, era rendirse a la evidencia a esa realidad que ella se empeñaba en no ver. Era asumir que aquella chispa quizás era más débil de lo que pudiera parecer.

Y ese darse cuenta hizo que “mis problemillas de salud” dieron paso a un grave y firme “estoy enferma”. Y sus ojos acompañaron y sus manos también y su cuerpo se acomodó en la silla. Y apareció de pronto el dolor y también el alivio y el agradecimiento, todo al mismo tiempo.

Y te puedo asegurar que lo que se vivió allí fue pura magia.

Y la estrategia fue ponerle nombre a su enfermedad y llamarla Claudia para poder mantener un diálogo de tu a tu por primera vez en su vida. Y poder establecer acuerdos y convertirla en una aliada obligada en aquel viaje en vez de una enemiga.

Y estableció un plan de acción para las próximas semanas y supe tiempo después que los resultados de sus análisis mejoraron. Hoy, han pasado 8 meses tras aquella primera y única sesión. La semana pasada, mi alumna me contaba, que Claudia y ella cumplen los pactos establecidos, a veces tienen desencuentros pero en esos casos ella sabe muy bien qué hacer.

Ella respeta un poco más a Claudia  y ésta a cambio la recompensa con unos análisis dignos de ser enmarcados por cualquier médico residente. Las dos están mucho mejor. Mi alumna ha ganado su particular batalla, aprender a vivir con su enfermedad. Mirarla frente a frente y sentir que al menos en lo tocante a su responsabilidad ella está al mando. Ella tiene el control de cómo vive su enfermedad. Y gracias a esa consciencia su vida hoy es mucho mejor.

Como creo que ya he escrito en alguna otra ocasión, la grandeza del coaching no está en conseguir resultados o no sólo en conseguir resultados. La grandeza estriba en descubrir que eres el tipo de persona capaz de hacerlo. El tipo de persona capaz de luchar contra tu peor enemigo, tu mismo y de vez en cuando, conseguir vencer la partida.

Gracias por dejarme contar tu historia.

Y gracias a todos por seguir ahí.

 

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