Aquellos que creen en la magia, están destinados a encontrarla

Acción Poética

Hoy dos mujeres de entre cuarenta y cincuenta años se han encontrado en el supermercado. Era ya tarde, más tarde de las ocho. Las dos llevaban ropa de deporte y bolsas de gimnasio y las dos arrastraban los pies por entre los pasillos, eligiendo mecánicamente qué productos de las estanterías acabarían su corta existencia en sus cestas y cuales no.

De pronto, una reparó en la otra, sonrieron y se abrazaron, dejando las cestas que llevaban colgadas del antebrazo en el suelo, en mitad del pasillo. Inmediatamente, las dos intentaron seguramente de manera inconsciente, tratar de aparentar que en realidad no tenían un aspecto terrible. Pequeños movimientos delatores para alguien que observaba la jugada. Se atusaron el pelo, una de ellas se acomodó la ropa como disculpándose por las pintas que llevaba, la otra se enderezó y de pronto creció unos dos centímetros. La primera colocó un mechón que se había escapado rebelde de la coleta detrás de una oreja y la otra trató de bajarse el jersey que no cubría el legging lo suficiente.

Se saludaron con los típicos comentarios que surgen en esas situaciones. Se preguntaron por las navidades, por los críos, hablaron de lugares comunes, del frío que estaba haciendo los últimos días, de lo duro que era enero y no sólo por la “cuesta” y de la mala idea que era ir a hacer la compra nada más salir del gimnasio.

Tras unos segundos de silencio, una de ellas bajó la voz, puso su mano sobre el hombro de la mujer que la miraba sin duda esperando a que apareciera la pregunta y dijo, ¿Qué tal vas de lo tuyo? ¿Cómo estás? La interrogada, escrutó de lado a lado, luego miró hacia sus pies para volver a levantar la vista hacia los ojos que la preguntaban con dulzura y aparente interés. Entonces, tras unos segundos contestó; pues ya ves, tirando, es muy duro pero es lo que toca. Sé que vendrán tiempos mejores pero ahora no está siendo un buen momento, la verdad.

En ese instante decidí que ya no debía seguir escuchando aquella conversación. A pesar de mi curiosidad casi enfermiza por las pequeñas historias cotidianas de desconocidos, en aquel escenario simplemente sentí que mi presencia era muy inoportuna. En ese momento, algo me hizo alejarme y dejarlas solas en el pasillo, constaté que era la decisión adecuada cuando ya había vuelto sobre mis pasos y escuché la voz quebrada de la que había contestado decir; vaya por dios y encima en la bolsa de deporte no llevo clínex.

Seguí con mi recorrido habitual, lácteos, fruta, pescadería, aunque mi cabeza ya había abandonado hacía rato la lista de la compra. Empecé a pensar en todas las historias que con seguridad se escondían bajo aquellas cuatro paredes. Pensé en cuantas personas en ese mismo instante, bajo aquellos focos inmisericordes como luces de quirófano, estarían absortas en su propio calvario.

Quizás algunas de ellas estaban atravesando uno de esos efímeros momentos de plena felicidad, pensé. Busqué sonrisas, busqué a alguien canturreando, tal vez hablando por el móvil con algún corazón cercano que estaría esperando con ternura infinita una botella de buen vino para cenar. Volví a perderme en mis pensamientos que me llevaron a la idea de que era más que probable que muchas de aquellas personas tuvieran que verse obligadas a hacer magia cada día aún sin saber ningún truco. No siendo conscientes de cómo la vida les estaba dando la oportunidad de ser los magos de su propia existencia.

Leer:  Storytelling o la magia de crear tu propia historia

Y entonces se me vino a la cabeza que magia es cuidar a una madre anciana y enferma con toda la ternura que una, disculpadme, pero me ha salido el adjetivo femenino sin pensarlo, sea capaz de ofrecer.

Que magia es hacer la compra cada día para alimentar a los hijos de tus hijos con una pensión que hace mucho ya no alcanza para escaparse una semana al calor y a la luz del sur.

Magia, también es sostener la mirada de un hermano que vuelve a prometer que no volverá a probar una gota de alcohol aún cuando sabes que volverá a caer la próxima vez que le prestes algo de dinero.

Magia es ver a tu hijo deshacerse en lágrimas porque su novia le ha dejado mientras le hablas de lo bonito que es el amor y de lo fuerte que le hará ese pequeño bache, mientras te aguantas las tuyas, porque hace ya mucho tiempo que tu matrimonio se ha convertido, sin a penas darte cuenta, en una unidad de paliativos.

Magia es volver a casa tras un día agotador y tener tiempo para una caricia, una palabra de aliento, para preparar la cena con todo el cariño del mundo, recoger la cocina y poner una lavadora antes de acostarse.

También hay magia cuando no es necesario recurrir a ningún truco, cuando nada se fuerza y todo es violentamente natural. Así que magia también es ver a una pareja de ancianos paseando por un parque cogidos de la mano.

Magia es ver a dos barrenderos municipales, echándose unas risas, mientras se fuman un cigarro a escondidas detrás del contenedor de tu calle.

Magia es ver a un señor mayor agachándose para coger un peluche que se le ha caído a un niño debajo de un coche.

Magia es ver a dos vagabundos bailando al ritmo de un músico callejero ajenos a todo y a todos.

Magia es descubrir que el chófer del autobús en el que viajas está sonriendo por el retrovisor a la mujer que se sienta al otro lado y magia es comprobar cómo ella se sonroja y sonríe.

Magia es acabar el libro que jamás pensaste que escribirías y también pisar la calle por primera vez con la ilusión de quien empieza todo de nuevo después de haber pasado 7 años encerrado en una cárcel.

Magia es conseguir acabar en una guerra de besos lo que empezó en una guerra de palabras.

Magia es confiar ciegamente, como si fuera el último refugio del ser humano en que el mundo es un lugar yermo donde crecen flores extrañamente bellas, todos los días, todo el tiempo. Magia es por fin entender sin pretender que sea otra cosa, que la vida puede ser demasiado corta, demasiado intensa, demasiado dura, demasiado hermosa, demasiada lucha, demasiada recompensa.

Magia es amarte a tí misma siendo demasiado fuerte o demasiado vulnerable, demasiado generosa o demasiado egoísta, demasiado miedosa o demasiado intrépida, demasiado vehemente o demasiado fría.

Magia es volver a la realidad del supermercado mientras haces cola en la caja y tener a oportunidad de poder observar de nuevo a la mujer que lloraba, asegurándose que ya no quedan restos de lágrimas. Magia es contemplar como se agacha a recoger las bolsas y camina erguida para abrazar con más fuerza si cabe su vida de penas, cenas, lavadoras, caricias, sueños y alegrías.

Magia es sentir que todo es absolutamente extraño y extrañamente perfecto.

 

Gracias por seguir ahí.

 

 

 

 

 

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