Lo que soy bastaría si lo fuera abiertamente

Carl Rogers

Hay muchas maneras de sentarse a la mesa. Puedes hacerlo con prisas, engullendo cada bocado para pasar el trámite, fagocitar el instante sin perder un segundo para continuar con lo siguiente. Puedes hacerlo con desgana, sentándote en el borde de la silla, levantándote a cada rato porque has olvidado coger el cuchillo y luego la servilleta, dejando en el plato más de lo que has podido comer, guardando el trozo de queso que habías sacado para el postre sin haberle quitado el envoltorio. O puedes hacer eso mismo con mimo y cuidado, disfrutando del olor y la visión de lo que vas a comer. Con disposición para vivir el espectáculo en su totalidad; el mantel, el plato, el vaso, el orden casi pictórico de los ingredientes en el plato.

Con la vida, pasa lo mismo. Hay maneras de sentarse ante la vida. Hay muchas formas de vivir. He de reconocer que yo he pasado por todos los estilos. Y los que me quedan. Tal vez el destino me tenga preparado aprender a comer apoyada en una esquina, o sentada en el suelo. Tal vez, pasar un tiempo comiendo de pie al lado de una máquina expendedora. O quien sabe, tal vez llegue a un estado de cosas en el que no tendré que prepararme la mesa, porque hay otros que lo hagan por mi. Ojalá no me despiste hasta caer en eso, me gusta formar parte de lo que hago. Sí, ya sé que esta frase puede parecer un sinsentido. Pero yo estuve mucho tiempo haciendo cosas de las que no formaba parte. Aún hoy me pillo en la falta de vez en cuando.

Seamos honestos, haber pasado las tardes de los sábados viendo Vacaciones en el mar mientras devorabas un bocadillo de mortadela con aceitunas, te da cierta perspectiva y distancia como para ir entendiendo de que va todo esto de vivir.

No resulta fácil reconocer que ha pasado tanto tiempo, pero es bonito. Al igual que era bonito bajar una cuesta en bicicleta con los brazos extendidos por encima del manillar, sintiendo como el aire azotaba la cara. Llegar a ese dominio no era fácil, ni gratis. Las rodillas remendadas de tiritas eran la prueba evidente. Pero era bonito. Era bonito que el chico que te gustaba te pidiese salir a bailar lento los domingos por la tarde, pero tampoco era fácil, antes había otros tres o cuatro con los que tenías que bailar aunque no te apeteciera nada. A esa edad yo aún no había aprendido a decir no a alguien que esperaba un si.

Y así, entre asuntos más sencillos y otros más complejos, se iba acomodando la vida dejando alguna que otra muesca. En ese lugar que está entre el pecho y el estómago. Donde revolotean o agonizan las mariposas. Donde sangran las ausencias, donde gritan los silencios y arden los deseos que jamás se convierten en otra cosa. Donde germina y florece parte de la siembra y se pudre y muere lo que no estaba llamado a ser. El material con el que escribir tu guión.

No es fácil admitir, aunque cada vez cuesta menos, es cierto, que hay días en que las ganas empiezan a estar dadas de sí, que los anhelos comienzan a tener demasiados asteriscos y notas al pie y que algunas huellas que inicialmente parecían tan leves como para que cualquier brisa las borrara, acaban por convertirse en cicatrices. Pero es bonito. Es bonito saber que una ha vivido lo suficiente como para tener historias que contar. Historias como para escribir al menos un libro. Creo que todos tenemos vida para al menos escribir un libro. Pocas personas para escribir dos. Porque lo cierto es que las historias que más conmueven son las que transmiten autenticidad. Y ser auténtico cuesta. Cuesta mucho porque hay partes de nosotros que ni tan siquiera intuimos que están. ¿Cómo conmover contando lo que nunca antes fue?

Cuando hablo de autenticidad no hablo de reivindicar lo que uno ya conoce, lo que uno piensa que es o cree que sabe que es. Al fin y al cabo el hombre necesita interpretar todo en base a las referencias que tenga. Vivimos interpretando. El tema es que cuando llegamos a este mundo venimos a ser alguien. Pero ese alguien ocupa un cuerpo, que ocupa un espacio en un lugar y tiempo determinados. Así que nuestra esencia comienza a ser moldeada para la ocasión. Y así vamos siendo el resultado de nuestros afectos o la falta de ellos, de nuestras creencias, nuestras visiones sesgadas de la realidad, de nosotros mismos y de los demás. Yo creo que la verdadera autenticidad no consiste en reivindicar lo que ya conoces o crees que eres si no descubrir lo que viniste a ser.

Leer:  Debatir en redes sociales o como aniquilar la escala de grises.

Es bonito recordar que fuiste, y ahora eres otra cosa que dará lugar a otra cosa distinta. Que sufriste y ahora sufres para algo o decides sufrir pequeñito. Que odiaste y ahora comprendes y odias pero comprendes y entonces el odio ¡chas! se convierte en compasión. Es bonito descubrir que la mochila pesa menos aunque sea inmensa, inmeeeensa. Porque en ella está todo, porque no has querido desperdiciar nada. Todo es útil en un contexto u otro, todo ocupa un lugar ahora, todo cobra sentido. Y el peso de antes, toda aquella sensación que amordazaba se ha transformado en impulso. Engaños, pérdidas, puro amor, desconcierto, felicidad, llanto, risa hasta las lágrimas, lágrimas, negrura, luz, odio, herida, bálsamo, susurros, gritos, caricias, ofensas. Todo cabe, todo lo quieres porque todo ha formado parte de ti. Ahora ya tienes el material necesario para deshacerte de lo que no eres tú y construir lo que has venido a ser.

Porque tal vez para empezar, lo más fácil sea saber qué no eres.

Quizás, esto te ayude. Es un texto absolutamente inspirador, al menos para mi lo es, extraído del libro Curso en Practitioner de PNL de Salvador A. Carrión.

Yo no soy un cuerpo pero tengo un cuerpo. El cuerpo se cansa, se duerme, se enferma, se muere. Yo permanezco por encima de esos cambios. Por eso, yo tengo un cuerpo pero no soy mi cuerpo.

Yo tengo deseos, pero no soy mis deseos. Los deseos aparecen y desaparecen. Yo permanezco, además, no es lo mismo el que desea que lo deseado. Por eso, yo tengo deseos pero no soy mis deseos.

Yo realizo acciones, conductas pero no soy mis actos. Estos se realizan y se extinguen. Yo permanezco. Además no es lo mismo el actor que la acción que realiza. Por eso, yo tengo conductas pero yo no soy mis conductas.

Yo tengo emociones pero no soy mis emociones. Estas se generan y se apagan. Yo permanezco. Además no es lo mismo el que siente las emociones que las emociones sentidas. Por lo tanto, yo tengo emociones  pero no soy mis emociones.

Yo tengo pensamientos pero no soy mis pensamientos. Estos vienen y van. Yo permanezco. Además no es lo mismo el pensador que lo pensado. Por eso, yo tengo pensamientos pero  no soy mis pensamientos.

Yo tengo defectos pero no soy mis defectos. Los defectos crecen y se anulan. Yo permanezco. Y no es lo mismo tener que ser. Por eso, yo tengo defectos pero no soy mis defectos.

Yo tengo enfermedades pero no soy mis enfermedades. Estas surgen y se curan. Yo permanezco. Y no es lo mismo el enfermo que la enfermedad. Por eso yo tengo enfermedades pero no soy mis enfermedades.

Llámame loca, ingenua o crédula. Llámame incauta, chiflada o mística, te aseguro que jamás estuve tan pegada a la tierra y a la vida como ahora. Pero a mí este texto me ha parecido revolucionario y revelador.

Tal vez tras leer esto puede que ya no quieras volver a compadecerte nunca más. Es posible que encuentres un espacio seguro donde empezar a explorar y ese espacio seguro eres tú. Carl Rogers dijo: Ni la biblia ni los profetas, ni las revelaciones de dios o de los hombres, nada tiene prioridad sobre mi experiencia directa.

Así que vive, ríndete, vence, acepta, pierde, encuentra, busca, desecha, duda, cuestiona, confía, confía, confía y ama.

Nunca un viaje tan apasionante como ese. Nada más grande que puedas hacer por ti y por los que amas.

Gracias por seguir ahí.

 

 

 

Share This