Y una vez que la tormenta termine no recordarás como lo lograste, como sobreviviste. Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado realmente. Pero una cosa si es segura, cuando salgas de la tormenta no serás la misma persona que entró en ella. De eso trata esta tormenta.

Haruki Murakami

 

Nos contaron que no iba a ser fácil pero que iba a merecer la pena. En eso tenían razón. Se dejaron algunos detalles. Lo que no nos dijeron fue que nos iba a llevar toda una vida cogerle el tranquillo a esto de vivir.

Primero nos dijeron que jugásemos y fuésemos felices y que no nos preocupásemos demasiado. Que aprovechásemos esa fiesta infinita llamada infancia mientras pudiésemos porque duraba lo que duraba. No nos dijeron que la infancia solo se añora cuando uno se niega a crecer.

Tampoco nos dijeron  que la auténtica fiesta, la traca mayor, aparecería ante nuestros ojos sólo después de haber arrastrado los lomos, las expectativas y el corazón por la carretera. Como quien llega de un campamento de verano, agotado, sucio y hambriento pero con la sonrisa triunfal de quien ha conseguido superar la prueba.

Lo que no nos dijeron fue que había que prestar mucha más atención a como discurrían aquellos días de carreras en bici y monstruos bajo la cama. Que hubiese sido más saludable para tu futuro adulto poder contar a todo el mundo sin sentir miedo y vergüenza que sí, que eras raro, que te sentías un perro verde o azul o malva.

Que tratar de conseguir por todos los medios posibles que no te excluyesen a la hora de hacer equipos o que te invitasen a todas las fiestas de cumpleaños que se celebraban en el barrio, en realidad no era tan importante. Que tu ya brillabas sin la necesidad de que nadie le diese al interruptor, que tú solo podías encenderlo siempre que quisieras, sí como si fueses Tamarit.

Se olvidaron de contarnos que sobre el niño que a ratos sufre y siente miedo y vergüenza , el niño a quien en alguna ocasión llamaron cobarde o vago o idiota, se construye un adulto que se pasará toda su vida preguntándose por qué nadie le explicó que la opinión de los demás vale lo que vale.

Y que no haber sabido cómo abordar una situación determinada  en un momento específico no te convierte en cobarde. El haber tenido un año para olvidar en el cole no hará de ti alguien incapaz de conseguir cualquier hazaña. O que la idiotez no se mide en la cantidad de respuestas correctas o no que eres capaz de dar, sino en el hecho de no cuestionar ni una sola de las preguntas que te hagan.

Nadie nos explicó que estuviésemos alerta porque una sola frase bienintencionada pero desafortunada o mal interpretada podría dejar en nuestras cabezas un interrogante durante siglos. La sombra de la duda eterna, la letanía que repites una y otra vez ahora en modo de sentencia, ahora en modo de mofa, ahora desde la rabia más profunda, sin conseguir que nada ni nadie consiga cambiar el maldito significado.

Y desde luego, nadie nos contó que una frase malintencionada puede desmontar de un plumazo el ecosistema protector que construye un ser que básicamente sólo sabe confiar .

No nos dijeron que podíamos, que debimos haber podido llorar delante de toda una clase sin sentir las mejillas arder de rabia porque así de mayores, evitaríamos que se nos ahogasen los sentimientos entre tanta agua no derramada a tiempo.

No nos dijeron que en realidad las niñas no tienen que ser princesas y que los niños no tienen que dedicarse a matar a los dragones que nos salen al paso. Que nadie tiene que rescatar a nadie y que ningún hombre debería de cargar con la responsabilidad de tener que proteger eternamente y sin descanso. Ni ninguna mujer vivir con la sensación de no ser capaz de cuidar de si misma.

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Y que lo mejor sería dejarse de espadas y princesas y dragones y apurar los minutos como si la vida fuese una gincana. En la que superar pruebas, codo con codo y volver a casa con la cantidad de aire suficiente para acabar los días en una batalla campal de caricias en la que no hay débiles ni fuertes, sólo cuerpos vencidos del modo más glorioso posible.

No nos dijeron que hay niños y niñas que cuando son adultos no necesitan vivir de a dos y que eso no les convierte en apestados ni egoístas. Se les olvidó contarnos que el amor es tan maravilloso como complicado y que a veces la elección de permanecer solo es la consecuencia de descubrir que tu vida puede discurrir en plenitud entre bandejas de comida para uno o noches de hotel en habitación individual.

Tampoco nos contaron que una niña puede preferir jugar a las enfermeras toda  su vida sin necesitar que un solo médico aparezca en escena o que  un niño puede amar y desear a otro sin sentir miedo o vergüenza o sin la necesidad de tener que dejarse la hombría replegada en una esquina.

No nos dijeron que el sexo estaba para hacernos más libres no más esclavos. Y que el pudor y la vergüenza son primos tan lejanos que no se reconocerían ni aún en un viaje de ascensor.

 

 

Se les olvidó contarnos que una caricia no siempre implica un me quedo y que cuando es así, esa piel se vuelve como de plástico hasta que otro corazón le devuelve el latido. Tampoco nos dijeron que hay fantasmas con la capacidad de hacerse más presentes que algunos vivos y que puede haber océanos de distancia entre los dos lados de un colchón.

Nos dijeron que en ocasiones sería mejor callar pero no mencionaron que casi siempre caeríamos rendidos ante quien es capaz de cuestionar al mismísimo cielo si no le gusta su tono de azul. Se les olvidó decirnos que no hay nada bueno en  la palabra resignación y tampoco incluyeron el pequeño detalle de que en realidad se escribe con “s” de sumisión.

Que amar es una rendición a medias y que darle la espalda al amor es entregar las armas sin condición.

Que la capacidad de decidir no es un caramelo envenenado, que jamás lo fue aunque te cuenten que lo mejor para llegar a viejo es dejarse llevar. Que en realidad la capacidad de decisión es el único regalo posible, el más grande, el as de corazones, el pleno al rojo

Nos dijeron que tuviésemos cuidado a la hora de confiar pero se olvidaron de explicar que sí, que a veces poner la mano en el fuego por alguien implica acabar hecho cenizas pero que ese modo de arder es tan bonito como cualquier otro. Y entonces, vuelve a aparecer el niño que fuiste, el que aún hoy eres y convierte las cenizas en mármol, en roca indestructible y con super poderes sobre la que volver a construir para volver a confiar y volver a amar y así hasta el infinito.

Si, todo eso se callaron; qué canallas, qué listos, qué sentido del humor.

Que iba a merecer la pena, sí, en eso tenían razón.

Gracias por seguir ahí.

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