El hombre en su orgullo, creó a Dios a su imágen y semejanza.

Friedrich Nietzsche

 

Hace unos días charlando con mi amiga Graciela Angood, psicóloga, coach y psicodramatista, sobre el apasionante mundo de las relaciones de pareja, acabamos hablando de cómo había personas (siempre los demás, claro, te invito a que sigas leyendo) que parecen necesitar ejercer el poder sobre otras y cómo en ocasiones, ese poder es ejercido de manera insconsciente. En mitad de la conversación cuando los límites entre lo científico y lo festivo parecían tocarse peligrosamente y las bromas comenzaban a subir de tono, ella me dijo: Paula, tienes que leer este libro que me compré justo hace unos días.

El libro era:  Yo te manejo, tú me manejas, el poder en las relaciones cotidianas. Su autor es el psquiatra y Psicodramatista Pablo Población Knappe. No sólo hace un barrido por las relaciones de pareja, también refleja con una claridad pasmosa este tipo de juegos en las familias y en el trabajo.

Ayer, mientras enviaba un mail desde mi portátil en el salón de mi casa, fui testigo de una situación ocurrida entre mis dos hijos que rápidamente identifiqué con un juego de poder de esos que tan fantásticamente bien describía Pablo Población en su libro. En ese mismo instante pensé tres cosas. Lo primero que se me pasó por la mente al escuchar el cáriz que tomaba la conversación fue algo así como ¡bingo! voy a poder observar y analizar la experiencia desde un lugar distinto al habitual. Un laboratorio en mi salón.

Lo segundo que pensé fue; como se fehacientemente que mis hijos no leen mi blog, esta pequeña disputa doméstica va a servir de ejemplo si o si para dar contenido a mi próximo post. Al fin y al cabo una vez se acabe la discusión, les sentaré en el sofá del salón, les explicaré lo que ha sucedido de modo que puedan aprender de la experiencia y reflexionar sobre lo vivido y aprendido. A ellos nos les importará que la comparta con otros, la generosidad está muy presente en sus vidas y saben lo importante que es para mi sustentar la teoría con la experiencia. Gajes de vivir con una madre que hace lo que yo hago.

Lo tercero fue, Paula deberías apagar el radar y tomarte unas vacaciones. Pero entre que me las tomo y no, vamos al tema en cuestión. Las relaciones de poder.

El libro comienza así

A través de mi experiencia profesional y de vida he llegado a pensar que más del 75% de las relaciones, buscan el manejo del otro. Manejar para obtener algún provecho propio. Quizás con este 75% me quede corto, puede que el porcentaje sea mayor. Es una estimación a ojo de buen cubero, no apoyada en ningún estudio estadístico, sino en mi experiencia diaria, por lo que podéis discutirla todo lo que queráis.

Teniendo en cuenta que Pablo Población, tiene más de 40 años de experiencia en Psiquiatría y Psicodrama parece que no tiene demasiado sentido dudar de ese dato. Aunque habrá quien lo haga porque necesite un fundamento más riguroso que la palabra de este hombre y desde luego estará en su derecho de hacerlo. En caso de que seas uno de ellos, te invito a que leas el libro y luego saque tus propias conclusiones sobre si parece más la opinión caprichosa de un viejo cascarrabias que no ha sido aún capaz de jubilarse o la opinión de un verdadero experto que conoce, domina y ama profundamente lo que hace.

El libro es una bofetada de realidad, en el sentido de que es tan fácil reconocerse el alguna de las situaciones que relata el autor, que asusta. La experiencia que aparece cuando te sumerges en sus páginas, es algo parecido a la que experimentas tras escuchar un par de canciones de Sabina. Imposible no identificarte en algún momento con algo que has vivido o algo que has visto vivir a otros.

Yo me voy a centrar en uno de los juegos que describe, te invito a que te compres el libro este verano y continúes con lo que yo he tratado de comenzar aquí.

El episodio entre mis dos hijos fue el siguiente. Pregunto a mi hijo pequeño si ha mirado las listas provisionales del centro donde va a empezar a estudiar el año que viene. Contesta con un rotundo y honesto no. Yo le pido que se ponga a hacerlo ya mismo antes de continuar con niguna otra cosa. Por lo que creía recordar, estabamos ya casi fuera de plazo para presentar posibles alegaciones. Fin del diálogo, sigo con mis cosas.

A los pocos minutos escucho las voces de mis dos hijos en la habitación del mayor. Rápidamente he reconocido la situación. Me levanto de mi mesa de trabajo y camino despacio por el pasillo para poder escuchar mejor lo que dicen. Lo consigo, ellos no se enteran. Están jugando al juego habitual, el mayor sentado al ordenador haciendo el trabajo del pequeño a regañadientes mientras ambos se tiran puyas sobre la incapacidad de uno y la impaciencia del otro, sobre lo que debe ser hecho “así” y sobre lo que “nunca” se hace. Frases del tipo ” a ver si aprendemos” y frases del tipo “que te cuesta si lo haces mejor y más rápido que yo”. ¿Os suena? ¿Quizás os recuerde a alguna faceta de vuestra vida, familiar, profesional?

Viendo esa escena y sin pararse demasiado a analizar la lectura sobre la situación sería sencilla; el espabilao y el desastre. Pero claro, no vamos a ser tan simplistas, ¿verdad? Al fin y al cabo este es un blog de coaching y desarrollo personal. ¿Qué hay detrás de todo esto, cual es el juego de poder que se juega aquí? Y ojo porque aunque en este caso en concreto se haya dado entre hermanos, puede ser perfectamente extrapolable a cualquier contexto entre dos personas que se quieran y convivan.

El juego del salvador y el salvado

O la eterna historia de víctima y verdugo.

Si te pregunto ¿qué rol de estos dos preferirías ejercer? Es posible que ya tengas la respuesta. Rápidamente. Y si la tienes es porque conoces los dos roles. ¿Quien no, verdad?

Estamos hablando de poder, lo que invita a pensar en ganadores y vencidos. ¿Quien pierde realmente aquí? Alguno pensará sin duda que el pobrecito salvado, el que necesita protección ante quien protege, el débil ante el fuerte, el reactivo ante el proactivo, el que no sabe ante el que sabe ¿No sabe? ¿Seguro? O sabe utilizar su poder desde la sumisión y la reacción para que otros hagan lo que quiere sin que parezca que él lo ha decidido así. En este juego de sumisión, él trata de ejercer el poder en el otro. Y lo consigue. La víctima convertida en verdugo, cómo puede ser entonces,¿gana o pierde? Veremos más adelante. Es importante señalar que el victimismo es una de las herramientas de poder más potente que existe.

Leer:  La sinceridad está sobrevalorada

Con el victimismo, vamos consiguiendo poco a poco que el otro se haga responsable de nuestros propios males. Si además el que juega el rol de víctima se topa con alguien al que le guste jugar el rol de padre, un rol “solucionador de vidas ajenas” tal vez aprendido en algún momento de su infancia por pura necesidad, entonces la combinación es perfecta. La pregunta entonces es, el poder que ejerce el salvado ¿para qué? ¿por el simple hecho de ejercerlo? ¿esto le ayuda a crecer y a evolucionar? ¿le ayuda a asumir su poder y responsabilidad?. Si la vida le está colocando en ese orden de cosas, y esto es de cosecha propia, no del autor del libro, es porque necesita aprender esa lección. Necesita ser su propio salvador. Necesita dejar de buscar a alguien que le salve para aprender a tomar las riendas de su propia existencia.

Ahora, vayamos con el salvador. ¿Perdedor o ganador? Algunos pensarán que salvar siempre es mejor a que te salven y su opinión será que en realidad gana. Otros pensarán que sin duda pierde, que de pronto se ha visto con un marrón entre manos sin comerlo ni beberlo. Pensarán que qué agotador debe de ser estar todo el día con la capa de super héroe. Si, por eso lo hace a regañadientes y se queja, pero si profundizas un poco, te das cuenta de que está disfrutando de lo lindo. Está jugando su rol, el que alimenta su ego. Su deseo de ayudar es innegable y genuino, pero ¿cual es el resultado final?

Está jugando al juego que más le gusta. En ese rol el salvador se siente fuerte, poderoso, se siente indispensable, necesario. Siente que todo se irá al carajo sin su presencia omniscente. ¿En qué momento de su vida tuvo que asumir ese rol y le funcionó? Voilá! Rol aprendido. Desde ahí, reafirma su ego y su rol de creerse esencial para todo y todos. Llegados a este punto, alguno se preguntará, si en el fondo el salvador no estaba deseando ya desde hacía horas ponerse la capa y salir al encuentro de alguien (la víctima habitual) para poder reafirmar la historia que se contó en algún momento de su existencia: “tranquilo, aquí estoy yo para solucionarlo”.

Y aunque lo haga con la mejor intención, con el deseo más auténtico de ayudar y ser útil la realidad es que no es el mejor modo. ¿Eso le ayuda a crecer? ¿Ese rol le ayuda a evolucionar? Asumir o cargarse sobre las espaldas la responsabilidad de la vida de otros no parece ser la forma más saludable de vivir. Ni para uno mismo ni para los demás. Y lo más importante ¿Podrá establecer relaciones saludables cuando se encuentre con una persona que no necesita ser salvada? Me aventuro a asegurar que ese va a ser el reto de su vida. Quizás una de las lecciones más importantes que ha venido a prender a este mundo.

Al final los dos pierden. El poder se convierte en algo que nos debilita .Todos perdemos cuando nos empeñamos en ejercer roles de poder que impiden que evolucionemos e imposibilitan la evolución de aquellos a quienes queremos.

Este ejemplo ha sucedido entre hermanos, pero bien habría podido suceder entre dos miembros de una pareja o en una relación entre compañeros o subordinados. Apuesto a que muchos de vosotros os habéis sentido identificados.

Estos dos roles crean dependencia y sufrimiento. Son parasitarios y simbioticos es decir uno necesita del otro para alimentar el propio ego. Siempre que hay un salvador es porque hay alguien que juega el rol de ser salvado. Siempre que alguien necesita ser salvado en realidad está ejerciendo su poder. Para que exista un dependiente tiene que existir un protector. Lo que A le hace a B tiene que ver con lo que B le hace a A.

“La persona dependiente está jugando, a veces muy conscientemente, a fastidiar al otro demostrando su incapacidad de dar respuestas válidas a sus demandas, mostrarle su falta de capacidad y hacerlo sentir impotente. Es una hermosa forma de castrar psicológicamente y de dejarse castrar por el otro”. 

Es una fantástica forma de ejercer el poder. Y mientras estamos en disposición de ejercer el poder no estamos en disposición de amar. Al final este juego más que irritación, enfado o ira lo que suele producir es un desgaste brutal, una sensación por parte de ambos de que nada sano se está construyendo aquí. De que las malas yerbas comienzan a inundarlo todo, a no dejar entrar la luz y a no permitir respirar.

Lo cierto es que dejar de jugar estos roles implica dejar de hacer algo que ya hemos aprendido a hacer muy bien y lo hemos aprendido porque nos provoca un beneficio aunque solo sea aparente. Algunas preguntas que surgen son:

  • ¿Qué me falta y qué necesito para poder ejercer este rol en un contexto sano que me permita crecer y evolucionar?
  • ¿A qué tengo que renunciar?
  • ¿Qué beneficio voy a obtener a cambio de esa renuncia?
  • ¿Qué tipo de relaciones debo buscar?
  • ¿A qué tipo de alertas tengo que prestar atención?

Quizás estés pensando en echar mano de papel y boli. Sería una buena manera de empezar a reflexionar sobre los juegos de poder a los que juegas. Te aseguro que yo ya me he puesto deberes.

Una pareja no son dos son seis

Otro de los descubimientos de este libro que me ha parecido tan genial como inquietante es el concepto de que una pareja está compuesta por seis miembros y no dos. De estos seis, dos son las personalidades reales de cada uno de ellos, suponiendo que los dos sepan quienes son (primer gran reto). Otros dos son las personalidades que demuestran o tratan de ofrecer al otro, lo que quieren paracer que son y que casi siempre tiene que ver con creencias universales sobre lo que se espera de nosotros como amantes o parejas. Y por último, las otras dos son lo que queremos y deseamos que el otro sea, es decir nuestra proyección de lo que deseamos que sea la persona a la que amamos.

Visto así, parece un trabajo ingente mantener una relación de pareja estable, sana y feliz. Lo sé bien, mi historial me precede, corramos un maldito velo. Visto así una se pregunta qué broma macabra nos hicieron cuando nos lanzaron a la vida sin un puñetero manual de intrucciones. Visto así, una bien podría decidir abandonar toda esperanza. Visto así, hasta parecería la opción más inteligente. Salvo que hayas venido a este mundo para amar. Si es así, no te queda otra que aprender a hacerlo. Tal vez, quizás ese sea tu único propósito. ¿Habra alguno mejor?

Gracias por seguir ahí.

 

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