La ciencia moderna no ha producido aún un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”

Sigmund Freud

 

Me siento al ordenador con una sensación incómoda en el estómago porque hoy voy a adentrarme en un terreno en el que me siento familiarmente extranjera. Voy a hablar del poder que encierran las palabras.

Es un tema que en cierto modo me confronta, porque sé que a medida que vaya escribiendo seré consciente de muchos errores que he cometido desde que decidí tejer puentes de palabras. Desde que decidí echarme a la espalda la responsabilidad de escribir. En algunos casos la puntada habrá sido torpe, fea e inapropiada, afeando la intención, traicionando el resultado a pesar de la buena voluntad. Haciendo un balance rápido y no demasiado profundo de todo lo que he escrito en el último año y medio me siento como cuando tenía 10 años y la Madre Encarnación me ponía un paño delante y me decía;

  • ¡A bordar!

Yo que no sabía ni tan siquiera sujetar la aguja y siempre tenía las manos sucias de rebuscar lombrices en el jardín del patio con mi amiga Cristina.

La inspiración no ha venido a mi directamente, sino por otra persona, pero aún así, siento que quiero hacerlo. Que ha llegado el momento de bucear un poco más, hoy puede ser un gran día para escribir sobre esto. Y como dijo Serrat, me lo planteo así.

Este post está inspirado en el libro Los Cuatro acuerdos de Miguel Ruiz. En concreto, me voy a centrar en el primero de los cuatro: “Se impecable con las palabras”.

El libro en su totalidad habla de observación y de decisiones. De cárceles y yugos que nos construimos mediante los acuerdos que hemos establecido con nosotros mismos a lo largo de nuestra vida (creencias que en su inicio fueron palabras que no nos cuidaron) pero también de descubrimiento y liberación a través de acuerdos nuevos (palabras capaces de crear en vez de destruir).

Un escrito que consigue transformar algo tan aparentemente complejo como la sabiduría ancestral Tolteca en una guía para la vida. Cuatro claves para comprender y mejorar la complejidad de las relaciones con uno mismo y con los demás. Cuatro claves para facilitar un mundo de entendimiento, libre de pensamientos esclavizantes.

Cualquiera que lo haya leído siente la necesidad de compartir el descubrimiento. Los cuatro acuerdos para la vida que establece el autor son los siguientes;

  • Sé impecable con tus palabras
  • No te tomes nada personalmente
  • No hagas suposiciones
  • Haz siempre tu máximo esfuerzo

Elijo el primero porque a través de las palabras podemos domesticar a nuestro juez interior.

Sin apenas haber empezado ya siento la osadía como una lava ardiente que me sube por la espalda y se derrama por los hombros hasta el pecho. Osadía si, porque alguien que utiliza el lenguaje de manera continuada, intencionada (¿cuando no lo es?) y pública para expresar ideas o maneras de sentir, es seguro que en más de una ocasión no ha podido o no ha sabido o no ha querido ser impecable con las palabras. Impecabilidad para Miguel Ruiz significa sin pecado y pecado es hacer algo en contra de uno mismo.

Las palabras no son un bumerang, no vuelven nunca tal cual fueron lanzadas.  A veces son una piedra arrojada sobre la superficie de un lago. Quien la lanza espera que caiga provocando un ligero y rítmico movimiento en forma de ondas. Ocurre que en algún instante, un aliento gélido que el autor ha dejado escapar sin a penas darse cuenta puede congelar el lago y entonces la piedra cae estrepitosamente provocando chasquidos y trozos de cristal cortantes y desiguales. Ondas convertidas en aristas.

Las palabras pueden ser gasolina lanzada al fuego o la última bocanada de aire para un ahogado. Pueden enturbiar el agua de una pecera como de tinta de calamar cuando lo que pretendía quien las pronuncia o escribe era evocar limpieza o claridad. Pueden desatar tempestades cuando lo que buscaban era una leve caricia que alborotase el pelo.

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Una palabra que nace ya crea vida, dentro o fuera, sea pronunciada o no. Lo que dice básicamente el autor es que cuanto más preparemos el terreno de nuestra mente para cultivar aquello que nos hace bien, cuanto más cuidado tengamos con el uso de las palabras que nos decimos, más cuidaremos al otro.

Porque no se puede crear belleza desde la fealdad, no se puede crear confianza desde el miedo, no se puede dar compasión desde la culpa. Las palabras que me digo, son las palabras que diré. Lo que siento es lo que haré sentir. A un hijo, a un esposo, a un amigo se le habla y se le crea o se le destruye. Como te hablas, te iluminas o te apagas. Uno nace o muere a golpe de letra, se mece o se vapulea a ritmo de sílabas.

Cuanta más belleza empleemos, más belleza recibirá el otro. Y viceversa, palabra endiabladamente bonita, siempre entre dos, sin posibilidad de bailar sola.

“Una palabra es como un hechizo, y los humanos utilizamos las palabras como magos de magia negra, hechizándonos los unos a los otros imprudentemente. Todo ser humano es un mago, y por medio de las palabras, puede hechizar a alguien o liberarlo de un hechizo.”

Los cuatro acuerdos, Miguel Ruiz

El efecto que una palabra puede causar en otros es absolutamente poderoso. El efecto que causan en mi las palabras que me digo no lo es menos puesto que conforman mi vida entera, definen la percepción que yo tengo de mi misma, mi propia identidad. Por tanto dirigirán mis pensamientos y a partir de ahí, ¿adivinas qué? Todo lo demás..

Según el autor, ser impecable es no ir contra ti. Es asumir la responsabilidad de tus actos sin culparte ni juzgarte. Ser impecable con las palabras implica protegerse de la autoagresión y evitar infligir daño a terceros.

Normalmente quien escupe hiel hacia los demás es porque suele hacerlo consigo mismo. Si mis palabras hacia mi son inspiradoras podrá inspirar a otros. Si me hablo con compasión despertaré compasión en los demás. Si me hablo con aceptación y gratitud eso será lo que encuentren los demás en mi discurso. Si soy cínica y siento resentimiento también.

Y de hecho en alguna ocasión ha hablado desde el cinismo y la revancha. Y lo he hecho de manera consciente, lo cual es más grave. Y no ha sido responsable pero ha sido. Creando duda, desazón y culpa nacidas del miedo, la tristeza y la desilusión.

¿Podría haberlo evitado? ¿Qué me aportó? ¿Durante cuánto tiempo? ¿Mereció la pena?  Esas son las preguntas que yo me hago ahora. Supongo que tú tendrás las tuyas. Y tus respuestas, hechas de palabras, mímalas, recuerda, no son un bumerang, nunca vuelven como fueron.

Con las palabras creamos realidades, establecemos acuerdos, construimos puentes, levantamos muros, abrimos corazones, desentrañamos misterios o ahondamos abismos, ponemos mordazas, invitamos, rechazamos, sostenemos o empujamos. Una palabra dicha es una semilla que cae en terreno abonado. Siempre va a germinar. De nosotros dependerá el tipo de fruto que queremos obtener.

Ser impecable con las palabras en definitiva implica entender que yo soy el otro y el otro soy yo. Utilizar las palabras de manera impecable es quizás lo más ecológico, inspirador y compasivo que el ser humano puede hacer.

Gracias por seguir ahí.

 

 

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