Hoy me he despertado un poco guerrera. No sé si se deberá al baile de hormonas que mi cuerpo se ve forzado a seguir cada 4 semanas esté o no bailongo o a la pereza vital que entra cada vez que escucho a alguien quejarse por quejarse. Pereza, porque para enfrentarse a un quejica desde el coaching hay que ante todo, ponerse en su lugar y a mi, con los quejicas, en días como hoy me cuesta un mundo.

Si, queridos lectores, ser coach no me convierte en alguien motivada de serie permanentemente. Ser coach no significa que la película de mis días acabe siempre en un fundido en rosa. Y si, para ser honesta diré que hay días en los que coqueteo con la idea de volver a un trabajo sin demasiada responsabilidad, donde mi actitud ante un quejica sea únicamente la huída. Gracias a dios, esta que acaba de escribir no era yo, sino alguien que de vez en cuando suplanta mi personalidad, pone todo patas arriba por un momento y luego desaparece volando en su escoba.

Por suerte, como dije, esos momentos de flojera mental son casi inexistentes . En cuanto pasan unos segundos pienso en los cientos de motivos, en todas las razones por los que aún sigo trabajando como coach y en todos los proyectos que tengo en la mente y en el papel, que es la única manera de conseguir que los proyectos salgan adelante. Y entonces la pereza va desapareciendo y todo va adquiriendo la velocidad adecuada, el ritmo apropiado. Son esos días en los que estoy preparada para enfrentarme a todos los semáforos que se me pongan por delante a ser paciente con todos los cedas que me salgan al encuentro. Pero hay otros en los que necesito autopista, autopista y tirar millas. Como por ejemplo hoy.

Tengo que decir en defensa de mi día de flojera que hoy me lo he buscado yo. Por algún motivo hoy he decidido hacer un ejercicio a la inversa de lo que suelo hacer . Por deformación profesional y convicción propia, suelo fijarme en el lado bueno de las cosas y en la parte más digamos, honesta, brillante y amable de las personas. Hoy he decidido fijarme en la parte que más me cuesta digerir; la queja por la queja. Esa que no es otra cosa que un eximente de responsabilidad individual ante una situación que te corresponde asumir de todas todas o una falta de visión sobre aquellas que escapan a tu control.

La queja es el lamento que sustituye al argumento. Desde hace algunos años he decidido disminuir drásticamente el número de veces que me quejo así como el número de motivos por los que lo hago. Ha sido una elección consciente que me ha aligerado la carga no sabéis cómo. Nunca fui de naturaleza quejica, pero si que de vez en cuando me dejaba llevar por esa tendencia tan española de echar por tierra a todos y a todo sin distinción alguna. De llorar por lo que se supone que otros hacen mal sin gastar un nanosegundo de mi tiempo en proponer qué podría hacerse por que se hiciera mejor. Como he dicho, ha sido una elección consciente, no pretendo obligar a nadie a que decida unánimemente dejar de quejarse pero me cuesta mucho, especialmente en días como hoy escuchar a los que no han aprendido que la queja les quita lustre, les empequeñece, les hace parecer egoístas y desconsiderados.

Leer:  Vidas secundarias

A continuación os dejo una conversación entre Oprah Winfrey y Eckart Tollle en la que hablan sobre la relación existente entre la queja y el ego. Siento no haber encontrado traducción.

 

 

Pero claro, esto es un blog de coaching. Yo no puedo permitirme el lujo de despotricar sin más como lo harían Perez Reverte o Risto Mejide, (que no daría yo por llegarles a la suela de los zapatos, que no daría yo por tener esa habilidad de sacudía y despertar nuestras consciencias).
Así que cuanto menos, me veo obligada a dejar una puerta abierta a la esperanza o al menos intentar arrojar algo de luz sobre el comportamiento que nos conduce a la queja. Y así de paso, ir yo misma entrando en consciencia, apelar a lo que Carls Rogers llama mi “consideración empática” y dejar ir en la escoba a mi parte canalla y contrarrevolucionaria que quiso suplantarme esta mañana.

¿Por qué nos quejamos la mayoría de las personas? Fundamentalmente porque no entendemos, porque nuestra representación de la realidad no coincide con la realidad misma y entonces aparece el conflicto que generalmente es un meneo a nuestros valores. Una vez aparece el conflicto no vemos una salida fácil, tomar las riendas no resulta sencillo porque ser responsables no lo es y entonces simplemente empleamos la energía en crear un dialogo dañino e improductivo en vez de emplearla en resolver el conflicto. Si es que podemos resolverlo, es decir, si está en nuestra mano hacerlo.

¿Para qué nos quejamos? Fundamentalmente para desahogar. Y lo hacemos ademas con quien creemos que va a apoyar nuestro argumento, buscamos complicidad y reforzamiento. Porque a nuestro cerebro no le gusta nada pero nada equivocarse, por tanto se va a pasar el día buscando evidencias que apoyen su teoría y las va a encontrar. Porque para eso es el que manda, es el Comandante en Jefe de esta maquinaria llamada cuerpo.

¿Qué hay detrásde la queja? Una total y absoluta falta de responsabilidad individual sobre aquello en lo que podemos incidir así como una falta de consciencia sobre aquello en lo que no tenemos marco de actuación. Uno de los principios que deberían regir nuestra conducta es el de asumir la responsabilidad de nuestro propio destino. Por supuesto, que hay situaciones que escapan a nuestro control pero es en ese caso cuando la queja es inútil. Es estéril y además potencia el lenguaje negativo y victimista del que siempre deberíamos huir.

 

“No levantes la voz, mejora tu argumento” dijo Desmond Tutu.

 

Así pues, tu decides; quejarte, dejar correr o actuar si puedes.

 

Gracias por seguir ahí.

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