Con el tiempo he aprendido que los verdaderos amargados miran mucho para los lados y muy poco para adelante

Ulises Kaufman

 

Andan por ahí, sueltas entre la gente. Casi nunca van distraídas, lo cierto es que su mente está demasiado ocupada como para permitirse simplemente transitar la vida como quien pasea por un parque. Es normal cuando se tiene todo un mundo contra el que pelear. Es normal cuando el minúsculo universo en el  que creen que viven y han conquistado requiere el ritmo de su latido acelerado para no detenerse en seco. Porque el mundo es su mundo, son la fuerza todopoderosa sobre la que gira el universo y sin ellos, todo se desmoronaría. Pobrecillos. Así viven.

Las personas tóxicas viven en un ph ácido. Y claro, así es imposible que el frescor se quede tras ellos inundando la sala que acaban de abandonar. Su ying y su yang se balancea entre la descalificación y la manipulación. Necesitan manipular para sentir que tienen el control porque lo cierto es que sin ese esfuerzo extra, sin utilizar subterfugios o artimañas se quedarían solos en la pista de baile y eso, eso sería lo peor.  La descalificación es su narrativa de vida, el estilo literario que han elegido. Y da igual la historia y no importan los protagonistas, ellos a su prosa de grises y aristas. De frío y ruido como de pisar cristales. Pobrecillos. Así viven.

Utilizan expresiones categóricas: todo el mundo, nada funciona, si yo estuviese al mando, si alguien supiese hacer su trabajo, etc, etc. Son verdaderos expertos en encontrar vigas en miradas ajenas. Los tíckets que compran siempre son al lugar equivocado, las personas con las que se encuentran son inapropiadas por algún motivo. Cualquier anécdota sin importancia se convierte en afrenta personal. En el universo de las personas tóxicas, suceden alineaciones planetarias cada mes para hacer que la tierra cambie su movimiento de traslación. Y claro, con tanto impedimento, es imposible vivir ¡así no se puede!. Pobrecillos.

Se mofan de todo, se burlan de todo. Incapaces de bajarse de la atalaya moral en la que están instalados, les encanta sermonear a los que no piensan como ellos. Especialmente si “todos esos” como suelen decir, son personas consideradas, confiadas, optmistas, permisivas y seguras. Especialmente si además son seguras. Porque lo que no concibe una persona tóxica es que una persona complaciente, confiada y bienintencionada sea a la vez segura de sí misma. Se quiera y se cuide para poder hacerlo con los demás. ¿Cómo diablos lo hacen? ¿Es que no sienten pánico? Se preguntan…  No han entendido nada. Pobrecillos. Así viven.

Y ese es el problema porque una persona tóxica, por encima de todo es una persona que vive aterrada. Y esa es su mayor tragedia. Aterrada ante la idea de perder el reconocimiento del entorno. Aterrada ante el encuentro consigo misma. Aterrada ante el juicio de terceros. Aterrada ante los que considera mejores (todo el mundo). Y eso les hace vivir en un permanente estado de auto reivindicación. Y como viven en un constante estado de sitio, para distraer al “enemigo” hablan de sí mismas todo el tiempo. Lo que yo he hecho, lo que yo he conseguido, mira cómo he llegado, lo que yo sé. La soberbia siempre está en otros, ellos simplemente SON, así fueron creados y así deben ser adorados por el séquito del que casi siempre se rodean. El miedo rige cada latido de sus vidas, es el diapasón que les marca el paso. Pobrecillos. Así viven.

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Y cuando el miedo rige tu vida por encima de cualquier otra cosa es imprescindible protegerse. De todo y de todos, hasta de uno mismo. Por eso ir a pecho descubierto no es lo suyo. Prefieren el maquillaje perfecto a que la lluvia les lave la cara. Por eso escaparán huidizos cada vez que sienten que lo que dicen y hacen puede no encajar o gustar, para luego criticar a quien no puede defenderse de aquello que no se atrevieron a confrontar. Por eso buscan el reflejo de su propia imagen porque no sabrían cómo descubrirse en las pupilas de otro. Por eso llevan la máscara de la autocomplacencia pegada a la piel, como Di Caprio en aquella película sobre honor, amistad, lealtad, amor, inseguridad y miedo.

Y cuando el miedo manda, es incompatible con la celebración de los logros ajenos porque les recordará su propia carencia y eso siempre es una amenaza. Es incompatible con el disfrute que provoca descubrir que una opinión o un modo de hacer contrario al tuyo tiene la posibilidad de hacerte cambiar. Es incompatible con la satisfacción de desnudar el alma para que otros puedan dejar caer su ropa y no teman a su propia desnudez. Es incompatible con abrazar la propia pequeñez, con el aceptar que a veces se es cola y ratón al mismo tiempo. Es incompatible con la admiración abierta y sincera, con el pedir ayuda, con el pedir permiso. El miedo no pide disculpas, no dice lo siento. El miedo camina rígido y mira siempre a los lados, vigilante. Y así viven. Pobrecillos.

Y ahora si has llegado hasta aquí, en primer lugar darte las gracias de corazón. Y en segundo, déjame decirte que sé que es posible que hayas visto tu propio reflejo en algunas de las cosas que escribí. A mi me ha pasado, aún tengo aristas que pulir. Supongo, que a estas alturas, no habrá que recordarte eso de que nada de lo humano nos es ajeno y que si podemos reconocer el honor, la lealtad, el amor y la valentía, es porque en algún momento lo hemos experimentado. Al igual que el rencor, el miedo, la envidia o la inseguridad.

Que nadie nada en aguas alcalinas todo el tiempo. Que nadie es un pez de colores fondeando en un mar turquesa permanentemente. La diferencia está en tener el coraje suficiente para abrir una ventana y poder respirar aire renovado a pesar del frío o el vendaval. La diferencia está entre querer hacer de tu entorno un lugar mejor o seguir pa´lante como si nada. Hay quienes se sienten cómodos entre sustancias nocivas y hay quienes deciden someterse a rehabilitación. Y no se a tí, pero a mi, a mi me gustan más los que eligen luchar. Para ellos, va dirigido este post.

Gracias por seguir ahí.

 

 

 

 

 

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