Cuando era pequeña y se acercaban estas fechas, esperaba ansiosa las historias de todos los años “Mujercitas” y “Un cuento de Navidad”. Me las sabía de memoria, las dos. Pero el personaje que más me fascinaba era Mr Scrooge. Así que mientras sonaba en la radio de la cocina el sorteo de la lotería y la casa se llenaba del olor de les casadielles de mi madre, yo, delante del televisor me hacía estas preguntas: ¿Cómo alguien podría ser tan deliberadamente infeliz? ¿Por qué tanto empeño en amargarse la vida? ¿Cómo se podía ser infeliz en Navidad?

De eso quiero hablaros hoy, y para ilustrar mi post, voy a comenzar con una historia. Era el cuento favorito de infancia de uno de mis coachees, él me la contó y yo hoy la comparto con vosotros. Se titula “Cuando Shlemel fue a Varsovia”

 Un hombre llamado Shlemel vivía en un pequeño pueblo de Polonia. Tenía una vida aburrida, con un trabajo aburrido, una mujer aburrida e hijos aburridos. Todo parecía indicar que sus días acabarían con una muerte igual de aburrida.

 Un día conoció a un viajante que le habló de lo bonita  que era la ciudad de Varsovia. Le habló de  sus calles, de la gente que iba de un lado a otro, de los conciertos que se celebraban llenándolo todo de música, de los teatros, los cafés abarrotados, las tiendas con sus coloridos escaparates… Aquel viajante hablaba y hablaba pero Shlemel ya no le escuchaba, Shlemel ya no estaba allí, estaba paseando por Varsovia, sintiendo y experimentando con la imaginación todo lo que se podría hacer allí.

Así que un buen día decidió que ya no quería imaginar más, que quería conocer aquello y dejándolo todo, se puso en camino.

Después de unas cuantas horas y aún a mitad de viaje, tuvo sueño y se paró a dormir. Antes de hacerlo, se quitó los zapatos y los colocó en el suelo, apuntando en la dirección de Varsovia, para no olvidar, al día siguiente, qué dirección tomar. Pero por esas cosas del destino o vete tu a saber si por la sabiduría del universo, mientras dormía, unos chicos le dieron la vuelta a los zapatos, de forma que cuando se despertó, sin darse cuenta, volvió por donde había venido. Pero sus ojos ya no miraban igual, así que no reconoció el camino de vuelta, porque ya todo era distinto.

 El hombre regresó a su propio pueblo convencido de que se trataba de otro lugar con el mismo nombre. La gente que le conocía le saludaba, él, asombrado y divertido, les decía que no era el hombre que ellos conocían, porque él vivía en otra aldea que estaba a un día de camino. Y aunque se asombraba de lo mucho que se parecían las calles y las plazas y las personas que lo habitaban, a pesar de aquella mujer que decía ser su esposa y de que aquellos chiquillos le llamaban papá… él seguía convencido de que, por una extraña casualidad, había dos pueblos iguales, con gente muy parecida pero que no eran el mismo, de ninguna forma o manera. Así que no daba su brazo a torcer.

Era tal su convencimiento, estaba tan seguro de lo que pensaba y decía que todo el pueblo acabó por creer lo mismo que él.

Después de un tiempo, descubrió en la que había sido su esposa a una mujer distinta, dulce y tierna capaz de criar sola a sus hijos. Y con sus ojos nuevos y su mente nueva se enamora de ella y decidió quedarse en aquella ciudad desconocida  que le haría feliz para siempre. Y nunca más pensó en Varsovia.

Shlemel es el Mr Scrooge que decidió no resignarse. Este precioso cuento nos habla de la capacidad que tenemos las personas para aliviar el sufrimiento desde lo que somos. En realidad nos dice que no hay nada externo que nos vaya a aliviar ni a salvar y que la salvación o está en nosotros mismos o no será.

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La mayor parte del dolor humano, entendiendo por dolor aquello que nos hace sentir insatisfacción, es innecesario, no sirve para nada.

Sí, es verdad que forma parte de la vida pero no debería poder apoderarse de ella.

Si el dolor campa a sus anchas es porque no sólo le permitimos existir sino que lo alimentamos al no ponerle límites. En la mayoría de los casos el dolor surge cuando nos resistimos demasiado al momento presente, a lo que hay, a lo que tienes y a lo que eres. En la mayoría de los casos nace de la no aceptación del momento presente, de la ansiedad que crea pensar siempre en el futuro o de la nostalgia de estar permanentemente en el pasado.

Y no estoy hablando de resignación, estoy hablando de aceptación. Para mi la diferencia entre resignación y aceptación radica fundamentalmente en la comprensión. Comprensión cuando acepto, falta de ella cuando me resigno.

Acepto algo cuando he comprendido que hay un orden universal en el cual suceden cosas. Un orden mucho mayor que yo con el que puedo fluir.

Sin resistencia, tratando de encontrar el aprendizaje, el sentido, la belleza. Viviéndolo y dejándolo ir. La aceptación trae liberación y responsabilidad es decir, capacidad de elección ante cómo vivo lo que me sucede. Capacidad de buscar otras opciones desde la consciencia y no desde la revancha.

Me resigno cuando no comprendo que el universo no está para herirme, ni para hacer de mis días algo insoportable. Me resigno cuando la sensación es de lucha y frustración, es de haber perdido una batalla en vez de conseguir vencer una guerra. Me resigno cuando decido que la situación me domina y me compadezco, cuando decido ser víctima. Me resigno cuando espero galones en vez de victorias. Me resigno cuando vuelvo a colocar el cuchillo entre los dientes porque no he entendido nada de lo que me pasa y para qué.

Trabajo a diario con esto, vivo a diario con esto. He decidido no pararme en lo que no era cómodo para mi explorar porque he comprendido que desde ahí no podré ayudar a otros. Y que nadie piense que he convertido los retos de otros en los míos. O pensadlo. Pero no va de eso. Lo que he hecho es decidir hasta donde quiero llegar en mi capacidad de explorar.

Y ahora quizás por esto del espíritu de la Navidad, voy a contarte algo; mis últimas navidades no fueron felices o mejor dicho, yo no me permití ser feliz las pasadas navidades. Estas lo van a ser independientemente de lo que pase y donde esté porque he decidido que así sea. Mis ojos mirando desde lo que quiero.

Has adivinado, tu también puedes conseguirlo.

Gracias por seguir ahí y feliz Navidad.

 

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